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"​PORQUE TE QUIERO, PRINCESA" por Maria del Carmen Fernández

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PORQUE TE QUIERO PRINCESA


“Porque te quiero, princesa”. Esa frase retumbaba en mi cabeza a modo de eco. Era lo único que escuchaba. Lo último que había oído antes de que toda la habitación se moviera con el típico portazo. Como siempre.

El espeso y rojo líquido corriendo por mi cara, hizo que saliera de mi aturdimiento, y abrí los ojos. Estaba tirada en el suelo, y todo me daba vueltas. Tenía la visión borrosa. Las baldosas del piso se habían convertido demasiadas veces en mi colchón. No sé cómo ni de qué manera encontré mi teléfono móvil. Esta vez sí iba a pedir ayuda, aunque me costaba horrores mover las manos, al igual que el resto del cuerpo. Me dolía hasta respirar. Eran ya muchas muestras de “amor” las que él había descargado sobre mi cuerpo. La de hoy, quizás, la más fuerte. Ya no podía más. Su “princesa” no aguantaba más. Se acabó.

Cogí torpemente el teléfono, a pesar de que algunos dedos no los podía mover. ¿Me los habrá roto el muy cabrón? Comencé a llorar. Al presionar la pantalla táctil apareció, como no, su foto. Siempre tenía que tener una imagen suya como fondo de pantalla. También en la pantalla de bloqueo. Y en el perfil de WhatsApp. Decía que era para que todos supieran que él era mi “príncipe”. Hijo de puta. ¿Por qué le hice caso aquella primera vez que me dijo que no me pusiera las faldas tan cortas? ¿O cuando me amenazó con dejarme si me veía hablar con algún chico? Y es que todo empezó así…

Al principio no había golpes, solo besos y promesas bajo la Luna llena. “Tú siempre serás mía”, recuerdo que decía, y yo, me derretía mirando a mi príncipe azul, el que llegó para rescatarme y llevarme a un hermoso palacio, que en realidad fue una mazmorra. ¡Qué ingenua! Le faltó decir que serás mía o de nadie, porque me apartó del mundo. Me tenía tan controlada, tan sometida, tan amenazada, que dejé de tener contacto con todo, y con todos. Él era mi dueño. Se justificaba diciendo que lo hacía porque me amaba demasiado, y tenía miedo de perderme. Y la que se perdió fui yo.


Un día llegué de la compra y me estaba esperando en la puerta del ascensor, lamentablemente cometí un “error”, como después dijo él: no venía sola. Un vecino de una planta más arriba subió a la vez mía y, al salir yo primera, mi “príncipe” lo vio. Fue su primera paliza. Hasta ese día la violencia física que había ejercido sobre mí había sido sutil, por decirlo de alguna manera: empujones, manotazos… La verbal salía más a la luz a modo de frases tales como “¡¡tú te callas!!”, o “¡¡porque yo lo digo!!”, para después presentarse implorando perdón con un ramo de flores, o con una caja de bombones. Y yo le perdonaba. Pero el día del ascensor se quitó la máscara por completo, y vi el monstruo que llevaba dentro. Cuando entré en el piso, comenzó a golpearme y a insultarme sin piedad, mientras gritaba sin parar “¡¡Zorra, hija de puta!!”. No lo denuncié: primero porque me daba vergüenza; y segundo porque me sentía culpable. Lo había traicionado. Ya me avisó que no podía estar cerca de ningún hombre. Me tenía que haber bajado del maldito ascensor, y haber subido por las escaleras, pero llevaba mucho peso en las manos.


MALTRATO

Desde entonces todo fue a peor. Se inventaba cualquier excusa para dejar la huella de su ira, de su odio hacia mí, en mi piel. Y cuando se desfogaba, siempre me decía la misma frase “lo hago porque te quiero, princesa”, y se marchaba dando un portazo…

El puto teléfono móvil se escapó de mis doloridos dedos. Me incliné para intentar cogerlo de nuevo, y sentí cómo algo me atravesó la espalda. Ahora sí que era demasiado tarde para pedir ayuda. Esta vez no se marchó tras el portazo. Se quedó para rematar la faena. “Hasta nunca princesa”, es lo último que escuché para dejar de escucharlo todo”.




Las mujeres no somos princesas, por tanto no tenemos que esperar a que llegue ningún príncipe azul para dar sentido a nuestras vidas.

Ninguna persona, sea hombre o mujer, tiene derecho a insultarnos, amenazarnos, humillarnos, golpearnos, en nombre de nada, y menos del amor.

A la primera señal de violencia física o verbal, no hay que dudarlo: tenemos que pedir ayuda. Si esperamos a que él cambie, quizás nunca lleguemos a contarlo 



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01

Como te decía, amigo Sancho, allá a los lejos distingo a la que llaman de buena fe Carmonagincia; atalaya propuesta candidata como ciudad mágica por el Patronato de Magos. Atraído por su reciente fama de azarosa, vamos a acercarnos con precaución

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Nosotros no somos capaces de recordar cuanto tiempo lleva el cartel en ese lugar, creemos que está ya mimetizado con el paisaje y simplemente es algo cotidiano a nuestro paso, el objetivo incansable del captacán ha vuelto a dar en el clavo.

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