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CARMO por José Campanario

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Este relato formará parte de un próximo libro mío con el título provisional de RELATOS FANTÁSTICOS. Está compuesto por una serie de narraciones con el denominador común de tratarse de hechos, basados en la realidad en muchos casos, inexplicables o que rozan el mundo de lo paranormal .




CARMO


Era sólo una lluvia fina y suave, calabobos como se decía vulgarmente, por lo que Adrián no quiso coger el paraguas. “Con el chubasquero tengo de sobra”, pensó mientras salía del coche. Había tenido que ir hasta la parte trasera de la Necrópolis porque en Puerta Sevilla no había aparcamiento y ni lo intentó en el casco antiguo. “Quizás por Puerta Córdoba haya”, había supuesto, pero tener que bajar rodeando toda Carmona, subir por la carretera tan estrecha y con las chumberas bordeando las curvas, para al final, tener que dejar el vehículo aparcado casi en las afueras, no le hacía ninguna gracia. Por eso, aunque tuviera que andar un rato, decidió ir hasta la trasera del cementerio romano, y también porque le gustaba la visión de la Puerta de Sevilla desde lo alto de la plaza.


—El conjunto que forman la Iglesia de San Pedro con la Giraldilla, el Teatro Cerezo y la Puerta de Sevilla, es algo único e inigualable—repetía cada vez que tenía ocasión.

Ahora, mientras bajaba por la calle de Enmedio, a la vista del paisaje, se reafirmaba en su idea: desde lejos, desde lo alto del Paseo del Estatuto, se podía contemplar una postal de auténtica artesanía. Se detuvo un momento para saborear el instante: la fina lluvia, tan fina que casi no mojaba, envolvía en un halo de misterio, con sabor añejo, los edificios, por un instante casi le parecía que se difuminaban tanto que desaparecían algunos

—Debo estar soñando o es que la lluvia se ha convertido en niebla y un banco ha ocultado el Teatro Cerezo—se frotó los ojos para asegurarse de que no era un sueño—. Esta noche no he dormido demasiado bien, la vista me debe estar fallando.


Volvió a fijar la mirada al fondo, a su derecha, y en el lugar del Teatro tan sólo había una escalinata de piedra caliza, amarilla, “de albero”, le vino por un instante el dato de que aquella zona, toda la comarca de los Alcores, era un auténtico mar de albero, “una tierra y una piedra muy apreciada en la antigüedad, y todavía en nuestros días por los buenos constructores” se dijo. El albero era utilizado entre otras cosas para compactar y dar firmeza a las edificaciones y también para ennoblecer y aportar frescor a los patios con sabor andaluz.

—Esto es una alucinación—pensó mientras miraba en derredor suyo, todo el paisaje urbano de la ciudad había cambiado. Faltaba el propio paseo del Estatuto, el Teatro Cerezo, la Iglesia de San Pedro, por supuesto que tampoco estaba la Giraldilla… —Hasta la misma Puerta de Sevilla se ve rara—. Las almenas eran muy distintas y en el lugar del matacán, se distinguía un edificio como si fuera un templo romano, con el frontispicio triangular al estilo helénico sostenido por columnas.


Algo extraño estaba pasando, no encontraba explicación a lo que percibía ni lo que, cuando miró al suelo pudo contemplar: una compacta capa de albero había sustituido al enlosado de la plaza. Es más, parecía que la plaza estaba algo más baja, “como un par de metros por debajo de su nivel, diría yo”, se puntualizó a sí mismo Adrián.


Se encontraba en medio de la plaza cuando miró hacia la escalinata, situada en el lugar que hasta entonces ocupaba el Teatro, que bajaba hasta la Alameda. Un chico joven, que subía los escalones, le llamó la atención. Había algo en el que le resultaba familiar, vestía una túnica blanca con unas tiras de un fuerte rojo púrpura


—Un color extraño—le sorprendía a Adrián el tono de la vestimenta, un blanco deslumbrante que casi cegaba, más que la túnica en sí—, parece como si fuera una túnica romana auténtica, de la época imperial, pero además las tiras son de un púrpura intenso oscuro, un color que usaban tan sólo las personas de la alta sociedad romana.


Para más asombro, los rasgos del joven le resultaban familiares, parecía conocerlo, quizás de la Universidad o pudiera ser que perteneciera a alguna de las tunas con las que coincidía la suya, la de Filosofía y Letras, en los certámenes y pasacalles. De todas formas le chocaba que fuera vestido así, “no es todavía época de carnavales”, pensó, aunque era posible que fuera el uniforme o disfraz de alguna comparsa carnavalesca y que el chico se lo estuviera probando. No estaba muy seguro Adrian, ya que no le parecía una vestimenta de carnaval “esa tela es de mucha calidad y el púrpura no lo he visto tan puro nunca”, más bien la parecía una túnica antigua pero eso sí “muy bien conservada”.


Más aún llamó su atención que el joven, de unos quince años, fuera acompañado de dos soldados armados reglamentariamente, al modo de la guardia pretoriana de la época del Imperio Romano. Miró alrededor y pensó que era posible que se estuviera rodando una película y que lo que veía no fuera más que un decorado, eso sí, un decorado muy bien hecho, tanto que parecía auténtico, como si los edificios, escalinatas y personajes fueran reales. Por un momento tuvo la impresión de haberse trasladado él, Adrián, a la Roma de Trajano, pero descartó la descabellada idea

—Será el famoso “dejá vu”—admitió a modo de justificación razonable, optando por continuar su camino en dirección al Ayuntamiento donde había quedado para reunirse con el delegado de festejos para tratar sobre el Certamen Internacional de Tunas previsto para mediados de Diciembre.

Tomó por el centro del Paseo del Estatuto. A veces, bajaba la vista al suelo para descubrir como trozos de albero compactado se alternaban con las losas de cemento que hasta aquel día siempre había visto cubriendo la plaza carmonense. Sin mirar hacia el fondo del paisaje urbano, cruzó la calzada hacia la acera del Teatro Cerezo.

—¡Madre mía!, ¿esto qué es?—no salía de su asombro.

A su derecha, ya a la altura del Teatro, pudo volver a contemplar lo que antes le pareció ver, como un espejismo, desde lo alto de la calle de Enmedio: en el solar que ocupaba el teatro no había más que una enorme escalinata que bajaba hasta la Alameda, el Teatro había desaparecido dejando una cegadora claridad que llenaba de luz otoñal toda la avenida. Para más desconcierto, se topó de frente al chico disfrazado de romano que subía el último escalón de la grada

—Perdona—se dirigió al joven vestido con el atuendo que usaban los jóvenes patricios romanos—. Es que vengo con frecuencia a Carmona y aquí, frente al lugar que nos encontramos hay un Teatro, ¿sabes que ha podido pasar que ha desaparecido?—Adrián estaba realmente desconcertado, no encontraba explicación a lo que le ocurría.

—Joven, para dirigirte a mí debes usar el tratamiento adecuado, soy un patricio romano, sobrino del emperador y por tanto me debes tratar como alteza imperial—fue la respuesta que recibió Adrián del carmonense disfrazado que tenía frente a él.

Pensó que se trataba de una broma, era el “teatrillo” propio de la época carnavalesca; lo extraño era que para los carnavales faltaban aún más de tres meses. Pero es que además, la respuesta la recibió en un perfecto latín, lengua que él conocía bastante bien, lo que le dejó fuera de contexto.

—No es posible que una persona hable el latín clásico en esta época, a no ser que sea un erudito, y este joven, por su edad, no puede serlo—Adrián estaba confuso, sin poder dar crédito a lo que había escuchado y sin entender nada de lo que le rodeaba: una ciudad desconocida a ratos, con edificios y espacios de otra época y con personas que no se podían encuadrar en el siglo XXI.


Se disculpó en latín, como si fuera normal, ante el desconocido y pensó que sería interesante bajar hasta la Alameda, donde, a unos doscientos metros podía distinguir un edificio que tenía toda la pinta de ser un templo romano, asombrosamente bien conservado y, al parecer, abierto al culto. Cuando terminó de bajar las escalinatas, su sorpresa aumentó hasta límites que nunca imaginó: el templo, dedicado al dios Mercurio, divinidad protectora de los comerciantes, estaba abierto y dentro, con toda naturalidad, había varias personas. ¡Nunca hubiera pensado poder contemplar en vivo, y no era una película, el devenir diario, la vida en una ciudad romana!

Continuará…

José Campanario


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Amontero 5

"Las contradicciones no siempre parten de una evidencia por la que se advierte lo contrario de lo manifestado, sino que, como en el vehículo de la imagen, lo “maxi” se hace “mini” por mor del servicio… a domicilio..."

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Hoyporti

"Hace unos días, cuando iba camino del colegio con mis hijos, el destino quiso que mis pasos coincidieran con una pareja de abuelos que llevaban a su nieta a otro centro escolar que está bastante más lejos..."

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Noria01

"Hemos contado con un espacio muy especial para juntarnos y hacer ésto que tanto nos gusta en la cultura mediterránea: vernos y reconocernos, hablar y discutir, compartir comida y bebida, lamentarnos y reírnos… al fin, vivir y vivir juntos..."

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Victorlainez.elmundo.

Cuando una vida vale menos que un trapo pintado de colores, por mucho que sea un símbolo, algo no funciona como debiera en nuestra sociedad. Y no es que menosprecie el valor de nuestra bandera, de la bandera de España, a la que respeto y considero como algo propio, pero nunca un símbolo puede tener más valor que la vida de una persona.

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