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​RELATO FANTÁSTICO: LA RED por José Campanario Álvarez

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RELATO FANTÁSTICO: LA RED

Por José Campanario Alvarez


Sabía que estaba en el mar, pero muy bien podría pensar que se deslizaba sobre la arena de un desierto. La brisa era tan suave que acariciaba y rizaba, como si fuera un adorno de encaje, la superficie del agua. Los tornasolados rayos del sol, que buscaba la cuna del horizonte, hacían un efecto de contraste de sombras y luces anunciando la primavera.


Carmelo llegó aquella tarde al muelle, saltó al barco que estaba amarrado al pontón del borde y por el lado de babor, pasó al suyo. Ya estaba Lolo el de la Juana en la embarcación; había encendido el motor y en cuanto lo vio acercarse a la cabina empezó a soltar amarras y levar anclas sin que hubiera necesidad de que el patrón se lo ordenara.


—Dentro de poco más de una hora empieza a subir la marea—le comentó el marinero—, para entonces podemos estar a más de cinco millas de la costa.

—Cerca del banco de caballas que encontramos ayer—dijo a modo de respuesta Carmelo ante la señal de asentimiento con la cabeza de su marinero.

Habían tenido una buena pesca y quería repetir —ojalá vendamos al mismo precio que ayer—se dijo para sus adentros Carmelo.

La embarcación avanzaba por el centro del canal de salida del puerto pesquero, levantando una leve espuma, casi imperceptible, al dividir en dos con la quilla la blanda superficie, en tanto que Carmelo observaba con atención para evitar los bancos de arena que el último temporal había dejado. Le habían dicho en la Cofradía que la próxima semana irían a dragar para evitar que se encallara alguna nave, pero que entre tanto, los patronos debían poner mucha atención.


Mientras dejaba a la derecha el espigón que protegía la bocana del puerto, le dijo a Lolo que fuera revisando los corchos y el cable de la red que, en cuanto estuvieran a la altura del mismo lugar del día anterior, lanzarían el arte.

—¡Ojalá tengamos la misma suerte que ayer!—dijo esperanzado el marinero a su patrón—. Si conseguimos vender las caballas al mismo precio, podremos darnos por satisfechos para toda la semana.

La sonrisa de Carmelo expresaba la coincidencia con Lolo. El arte de pesca que usaban en aquella embarcación no era muy grande ya que tenían que manejarlo entre los dos y por lo tanto, a pesar de la máquina de recogida, el esfuerzo era considerable, sobre todo cuando abundaban las capturas en la buena temporada. Y ahora empezaba a ser buena época para la pesca.


Una vez dejaron atrás la bocana, salieron a mar abierta. El patrón aceleró un poco más el motor para llegar al punto fijado; ya caía la tarde y pronto empezaría a subir la marea, el mejor momento para echar las redes. Dos millas más adelante, fijó el timón, puso el motor al ritmo adecuado y se dirigió a popa con Lolo el de la Juana para empezar la maniobra.

—Vamos a echar la red corta y si vemos que sale mucho pescado, recogemos y dejamos para dar otra pasada mañana, no es cuestión de agotar el banco—había que tener prudencia para asegurar el éxito y alargar en lo posible las capturas.

Poco a poco, fueron arrojando por la borda la malla hasta que el cabo quedó en sus manos. Una vez tuvo el marinero la cuerda bien sujeta, Carmelo se dirigió al puente para retomar el mando del barco. Las maniobras de giro para cerrar el cerco de la red comenzaron poco a poco, sin brusquedades para evitar que escapasen las caballas. La embarcación continuó mar adentro durante dos millas más al lento ritmo que impuso el patrón a su barco. Ya era noche cerrada y decidió dar la vuelta, sin recoger redes, a fin de aprovechar la buena racha.

—Ya debemos haber sobrepasado el banco—pensó el patrón—, ¿Te parece que empecemos a izar la red?—preguntó a su marinero.

Lolo, el de la Juana, asintió con la cabeza y ambos, una vez puestos motor y timón en las condiciones adecuadas por Carmelo, se dirigieron a la popa de la embarcación para comenzar las maniobras y subir a bordo la red y su contenido.

—Parece que cabecea un poco—dijo Lolo cuando dio el tirón para amarrar el cabo al carro para recoger el arte.

Fueron recogiendo la red y no se formaba la bolsa que esperaban de pescado cuando viene llena. Al fondo, la serenidad de la superficie y al haber parado el patrón el motor de la embarcación y echado el ancla, dejaba ver que se formaban remolinos, como si algo grande estuviera dentro de la red. Carmelo no lo dudó y fue a la cabina para coger un bichero advirtiendo antes a su marinero que dejara quieta el arte, que no siguiera izando la malla. Por los remolinos tenía toda la pinta de ser un tiburón lo que habían capturado

—… y debe ser bastante grande porque los peces se han ido—pensó en voz alta el patrón.

Continuaron con la recogida y, casi en la cola de la red, pudieron ver un bulto, una silueta muy extraña

—¡Madre mía!—exclamó Juan—¿qué bicho es ese?

—Parece una persona—la sorpresa no dejaban pensar con claridad a Carmelo—, a lo mejor es un turista que se ha ahogado y ha sido arrastrado por la corriente— Una melena rubia, como de una mujer, se arremolinaba con el agua.

De todas formas, aquella mujer o lo que fuera, se movía, no parecía muerta. Siguieron tirando de la red, ahora a mano para no hacer daño al cuerpo, y cuando estuvo al alcance de ellos, comprobaron que se trataba de una mujer que además, estaba viva

—¡Viva y coleando!—gritó sobresaltado Carmelo al coger por los hombros a la mujer que todavía permanecía atrapada por la malla—. ¿Pero esto qué es?, ¡tiene una cola como si fuera un pez!

—Yo diría que es una sirena—retrocedió con temor Juan recordando los dibujos de sirenas que había en un cuento que le regalaron cuando era un niño.

Como pudieron, subieron a la mujer o sirena o lo que fuera aquel ser extraño que habían pescado.

La noche casi tocaba a su fin y el amanecer empezaba a despuntar en el horizonte. Llenaron de agua salada el tanque que utilizaban para echar la pesca antes de pasarla a las cajas para la subasta, y pusieron con delicadeza el ser: una mujer de cintura para arriba y un pez de cintura para abajo.

—No parece agresiva—observó el patrón mientras la miraba ensimismado—o tal vez sea que está agotada de bregar.

Lolo el de la Juana observaba de reojo, un tanto desconfiado, a la extraña captura. No las tenía todas consigo, lo desconocido le desconcertaba y, a pesar de haber soportado muchas tormentas en la mar, aquél raro ser le provocaba temor.

Los dos hombres se retiraron a la cabina, cerraron la puerta con llave y pusieron rumbo al puerto. Quedaban más de tres horas por delante para llegar al muelle y, a pesar de lo agitado de la situación, Lolo, rendido por el esfuerzo, se quedó dormido. Carmelo entretanto miraba, de cuando en cuando, hacia el tanque donde habían depositado la captura.

Cuando tuvieron la bocana del puerto a la vista ya había amanecido y empezaba a imponerse la deslumbrante luz casi primaveral. Carmelo y Lolo se acercaron al tanque para mirar, antes de llegar a puerto, lo que fuera que habían rescatado de las aguas la noche anterior. No podían dar crédito a sus ojos: ¡era un delfín lo que estaba en la cuba, la mujer con cola de pez había desaparecido!

—Pero si anoche pusimos aquí un ser mitad mujer y mitad pez, ¿cómo es que ahora hay un delfín?—la pregunta de Carmelo se encontró con la expresión de asombro e incredulidad de su compañero

—¿No habrás dejado que se escape la sirena? ¿La has cambiado por un delfín mientras yo dormía?—le increpó Lolo.

—No he cambiado nada. ¡Ni siquiera me he acercado al tanque hasta ahora, y me he acercado contigo!—el tono empleado por Carmelo convenció a Lolo.

El delfín era un pescado, mejor dicho un mamífero marino, que era respetado por los pescadores. Los dos jóvenes se miraron y sin decir nada, tomaron al delfín, miraron su panza y comprobaron que era una hembra

—Hay que echarla a la mar para que siga viviendo en su mundo, para que críe y continúe la vida marina—sentenció el patrón con el consentimiento de su marinero.

—Debimos sufrir una alucinación y confundimos la hembra con un ser que no existe, porque las sirenas no existen nada más que en la fantasía de los hombres, en los cuentos—buscaba una justificación Lolo ante lo absurdo del suceso que habían vivido ambos hombres durante la noche de pesca.

Sacaron entre los dos al cetáceo del tanque y, cuando lo acercaron al agua por el lado de estribor, una mirada del animal se clavó en los ojos de Carmelo. Antes de desaparecer, la hembra de delfín hizo dos cabriolas a modo de despedida.

Nunca había tenido Carmelo una llegada a puerto tan silenciosa, su ausencia llenaba el espacio entre los dos hombres y cubría de inquietud los movimientos mecánicos que realizaron para dejar el barco amarrado en el muelle.

—Creo que estaremos unos días sin salir, ya te aviso—se despidió de Lolo.


Los dos días siguientes fueron un ser y no estar para Carmelo; no acababa de asumir que todo lo ocurrido aquella noche, que lo que encontraron en la red no era una alucinación, la había tocado, había sentido el calor de la piel de aquella criatura, pudo escuchar su respiración… palpó la seda de su pelo entre sus dedos al pasarla a la cuba para que no muriera… y aquellos ojos de la hembra de delfín por la mañana, a la luz del sol recién amanecido… aquella mirada hizo una brecha invisible pero profunda en su corazón. Pasó dos noches soñando con la criatura, con que lo llamaba a través de las ondas del agua, que la marea creciente le traía mensajes de las profundidades del mar…

Lo había decidido la noche anterior y muy de mañana, todavía no había amanecido, subió a su barco, encendió el motor y soltó la maroma del pontón, levó anclas y moviendo el timón, encañonó la ría central. Poco después del mediodía otra embarcación pasó y encontró el barco, a casi cinco millas de la costa, anclado y con el motor apagado. No había signos extraños y tampoco había nadie a bordo. Los marinos conocieron la nave y llamaron a la guardia costera. Por la tarde, la lancha de salvamento marítimo entraba en el puerto remolcando la embarcación de Carmelo

—Lo sabía—masculló entre dientes para sí Lolo el de la Juana sentado en un banco del puerto—, estaba seguro que no había sido una alucinación mía.

Por la mañana, antes de salir de su casa, Carmelo dio un beso a su madre, aún acostada

—¡Que seas muy feliz hijo mío!—le dijo la mujer conteniendo un sollozo.


José Campanario


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