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MI MAESTRO por José Campanario

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MI MAESTRO 

por José Campanario Álvarez


Tengo la imagen todavía fresca y nítida en mi mente, como si hiciera tan sólo un momento, que había tenido el honor y el placer de saludar a mi maestro, al que no veía desde hacía por lo menos 20 años, el maestro de mi infancia en la escuela pública.


Don Manuel era un maestro, no profesor, ¡maestro!, en toda la autenticidad del término, en el contenido exacto de lo que siempre ha sido la palabra MAESTRO. Los maestros antes, cuando yo estaba en la escuela, enseñaban todas las materias. Lo de especializarse vino después, con las sucesivas reformas y contrarreformas educativas. Don Manuel, mi maestro, era la persona que además de enseñarnos a leer, dónde estaban los ríos con sus afluentes, el nombre y situación de las cordilleras, los mares y océanos que bañaban las costas, a sumar, los quebrados y decimales, etc. durante sus ratos libres, en los recreos y ocasiones en que estaba con nosotros fuera del aula, nos enseñaba, sobre todo con su ejemplo, qué comportamiento debe tener una persona educada, cuál debía ser la conducta cívica de un hombre y el respeto que se debía a nuestros mayores y al entorno, tanto urbano como natural.


Don Manuel, mi maestro, no era nuestro amigo: era nuestro maestro, al que teníamos que obedecer y respetar. Pero eso no impidió nunca que todos sus alumnos le tuviéramos el cariño que se merecía, tanto que casi estaba al mismo nivel de nuestra familia. Y además para nosotros, para todos los chavales a los que impartía sapiencia, era el hombre más sabio y más admirado. Nuestro maestro, supongo que igual que para los demás chicos el suyo, era un semidiós con el que teníamos la suerte de compartir una gran parte de nuestra vida infantil. Eran tiempos y métodos de enseñar en que memorizar era signo de aprovechamiento y de aprendizaje.


Recuerdo que también don Manuel, mi maestro, tenía su particular forma de premiar a los buenos, a los que se esforzaban: la posición en las primeras bancas, escribir en el cuaderno de la clase uno cada día, etc. Como anécdota puedo decir que no pude escribir en el cuaderno de la clase hasta que transcurrieron más de dos meses desde que don Manuel empezó a ser mi maestro. “Es que tienes muy mala letra, pero —me dijo a modo de explicación del premio que me daba— no puede ser que tu no escribas en el cuaderno”.


Por eso, cuando aquel día, ya casado y con un hijo, paseaba yo con mi familia y divisé a Don Manuel en la otra acera, atravesé la carretera y saludé a mi maestro y a su mujer que estaban de visita en el pueblo. En la cara del matrimonio ya anciano, pude contemplar la satisfacción y la alegría por ver cómo aquel niño inquieto, un tanto rebelde y con el remolino en el flequillo, se había convertido en un hombre que, además de haber perdido el flequillo y bastante pelo, era la demostración de que los esfuerzos de mi maestro, al igual que el de tantos maestros, habían merecido la pena./José Campanario  



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POTAJESOLIARIO

La cita es el próximo domingo 26 de Noviembre a las dos de la tarde en la Caseta de la Giraldilla. 

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"Hace pocos días, recibí el correo de una persona mayor, donde me detallaba los problemas que tenía para poder tirar la basura al contendedor..."

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