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EL VIAJE por Sonia López Souto ©

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EL VIAJE

Por Sonia López Souto ©


Salimos temprano. El viaje duraba unas cuantas horas y no queríamos quedarnos atascados en la marea de coches que intentaría salir de la ciudad más tarde. No había nada peor que una interminable e inmóvil cola para estropear el inicio de las vacaciones.

Claro que en este caso no eran vacaciones exactamente. Ninguno de los que íbamos en aquel coche queríamos estar allí. Yo, desde luego, no podía mirarlos a la cara sin sentir rabia y deseos de gritar hasta que me ardiesen los pulmones. Y precisamente por no hacerlo es que estaba en aquel coche.

La tensión era tal, que casi se podía palpar. Coloqué mis auriculares para evadirme de aquella situación a través de la música, pero ni siquiera en esta ocasión conseguí alcanzar la paz interior que siempre me sobrevenía cuando la escuchaba. Cada canción, por extraño que pareciese, me recordaba en cierto modo a lo que había sucedido. Y mi cabeza no dejaba de pensar en ello.

Subí el volumen intentando evitar de ese modo que las lágrimas escapasen de mis ojos. Lo último que quería era que me viesen derrotada. No les daría el gusto. Y no me rebajaría a mí misma a eso. Mi orgullo era lo único que me quedaba ahora, aunque estuviese destrozado. Igual que mi corazón.


-Primera parada – anunció la psicóloga.


Yo ni siquiera le presté atención a lo que dijo a continuación. Mis ojos habían reconocido el lugar y ahora amenazaban con soltar aquellas lágrimas que a duras penas había estado conteniendo. ¿Por qué tenía que hacer todo esto? ¿Por qué no simplemente desaparecer y olvidar?

-Porque estás en un bloqueo emocional – podía escuchar las palabras de la psicóloga – y la única forma de salir de él es enfrentándote a su causa.

Y su causa eran mi novio, en vías de convertirse en ex, y mi mejor amiga, si es que la podía seguir llamando así. Las personas más importantes de mi vida. Aquellos en quien más confiaba. Y que me habían traicionado de la manera más vil.

Bajé del coche antes de que la psicóloga acabase de hablar y me descalcé para sentir la arena en los pies. El rumor de las olas logró serenarme lo suficiente para enviar las lágrimas lejos.

-Aquí nos conocimos – escuché a André detrás de mí.

-Como si te importase – mi voz sonó rota.

-Claro que me importa, Valeria.

-Pero no te importó acostarte con Silvia – lo enfrenté.

Era la primera vez en las últimas semanas que lo miraba a los ojos y hablaba con él sobre el tema. No pude evitar que el dolor quedase reflejado en mis ojos y supe que él lo había notado porque extendió los brazos hacia mí. Me aparté antes de que me alcanzase. No quería su consuelo. No cuando él había provocado aquella situación.

-No creo que esto sirva de nada – dije en cuanto me alcanzó de nuevo.

-Sólo porque tú no intentas que funcione – me contestó él – Cometí un error, Valeria. Lo admito. Y sé que nada de lo que diga lo hará menos doloroso, pero te juro que no pretendía dañarte. Yo te amo.

-No puedo creerte, André. Ya no.

-Creía que eras tú – continuó – Eso no me excusa, pero de verdad que creía que eras tú.

-¿Pretendes hacerme creer que no notaste las diferencias entre su cuerpo y el mío? ¿Nuestras voces? ¿Nuestra forma de besar? No me hagas reír, André. Esa es la peor excusa que he oído nunca.

-Era una fiesta de disfraces – se plantó delante de mí – Todos habíamos bebido mucho. Cuando se me acercó, creía que eras tú. Por dios, Valeria, si hasta llevaba el mismo disfraz que tú.

-Volvamos al coche – dije – Quiero acabar con esto cuanto antes.

André me miró apenado. Comprendía lo que había querido decir con mi última frase. Quería acabar con todo. Con nuestra estúpida terapia de pareja, con nuestra relación, con nuestra vida en común. Quería alejarme de él para intentar olvidar cuánto lo amaba todavía. A pesar de todo, lo amaba tanto que dolía. Tanto o más que su traición.


La psicóloga nos llevó a otro lugar. Supe cual mucho antes de llegar. En aquel parque, André me había besado por primera vez. Me había llevado de picnic después de dos semanas viéndonos porque recordó que en nuestra primera cita le había dicho que jamás había estado en uno. André nunca olvidaba nada de lo que le decía. Y recordaba todas las fechas importantes.

Como en aquella ocasión, la manta con la cesta de comida nos estaba esperando. Y aunque no quería recordar nuestro primer picnic, me fue imposible no hacerlo. André habló todo el tiempo y no se desanimó cuando sólo obtenía monosílabos o movimientos de cabeza por mi parte.

Así había sido desde que los descubrí en aquella habitación la noche de la fiesta tres semanas atrás. Tal vez si no hubiesen llevado la máscara todavía, habría podido saber si estaban sorprendidos porque los había encontrado juntos o porque realmente André creía que estaba conmigo, como me repetía una y otra vez.

Terminamos de comer y recogimos todo para continuar con nuestro viaje. Un viaje a través de nuestros recuerdos. De nuestra vida compartida. Yo no quería revivir todos los años que pasamos juntos, pero mi cabeza se negaba a escucharme. Ella me enviaba imágenes de los momentos más felices de nuestra relación, como rogándome que creyese a André.

Silvia había salido de mi vida completamente después de aquello. No porque yo la hubiese echado, que lo habría hecho, sino porque ella misma lo había decidido. Vino a verme al día siguiente y me lanzó una retahíla de reproches que apenas entendí, destrozada como estaba por lo que había sucedido. Lo único que me quedó claro de todo aquello es que no se arrepentía y que volvería a hacerlo si tenía la oportunidad.

Sin embargo, André permaneció a mi lado. Soportando mis silencios, mis desaires, mi mal humor. Intentó por todos los medios que hablase con él, que derrumbase la barrera que había levantado entre ambos. Y cuando se vio superado por el problema y mi poca disposición a colaborar para solucionarlo, me convenció para acudir a terapia de parejas.

Todavía no sé muy bien cómo lo logró. Yo sólo quería que se fuese como había hecho Silvia. Que me dejase sola con mi dolor. Pero no lo hizo. Y no parece dispuesto a hacerlo. ¿Será eso que me está diciendo la verdad? ¿Qué creía que era yo? Ya no sé qué pensar.


-Siguiente parada – anunció la psicóloga – Os esperaré aquí.



Allí me pidió André que me fuese a vivir con él. Fue uno de los días más felices de mi vida. Lo preparó todo como si de una propuesta de matrimonio se tratase, sólo que en lugar de anillo, me entregó una llave de su apartamento.

En esta ocasión no pude evitar que las lágrimas brotasen de mis ojos. Las había retenido ya demasiado tiempo. André me abrazó y se lo permití. Aquel había sido siempre mi refugio. En sus brazos me sentía segura y protegida. Extrañamente, ahora me sucedía lo mismo. A pesar de lo que había sucedido, mi cuerpo lo reconocía como al único hombre que quería cerca.

-Valeria – me susurró André sin soltarme – Ódiame si lo necesitas. Grítame. Repróchame lo que hice. Golpéame. Insúltame. Haz conmigo lo que quieras, pero no me alejes de tu vida. Sé que estar borracho no me redime ante ti por lo que hice, pero te juro que si me lo permites, dedicaré el resto de mis días a compensarte por ello.

-Duele tanto – sollocé.

-Lo sé – me apretó más – También a mí me duele. Por ti, no por mí. Me duele que hayas perdido la confianza en mí. Que hayas dejado de amarme.

-Te sigo amando – le confesé ocultando el rostro contra su pecho – A pesar de todo, lo sigo haciendo. No creo que nunca pueda dejar de amarte, André. Por eso duele tanto.

-Valeria – me obligó a mirarlo a los ojos – Te amo más que a nada en el mundo. Eres la razón por la que me levanto cada día y por la que intento superarme una y otra vez. No hay nada que no haga por ti. Si me permites demostrártelo, te prometo que no volveré a beber una sola gota de alcohol. No soporto esa mirada de dolor que tienes. Quiero borrarla para siempre, pero necesito que me dejes hacerlo.

-Hazlo – le dije después de pensar en ello.

Sus labios se apoderaron de los míos y nos fundimos en un beso desesperado. No sabía cuánta falta me hacía hasta que no sucedió. Lo había extrañado. Más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Cada beso, cada caricia que me daba me devolvían la luz que se había ido apagando en mí con cada día que pasamos separados. Aquel que me sostenía con tanta dulzura, con tanta gratitud, era mi André. El hombre del que me enamoré hacía ya cuatro años. El hombre que me demostró cada uno de aquellos años que no había nadie más para él que yo. Y me lo estaba diciendo una vez más en este momento. De la mejor manera que sabía. Sin palabras, sólo con hechos.

-¿Podrás perdonarme algún día? – me preguntó cuando terminó el beso.

-Tenemos un duro camino por delante – le respondí – pero estoy dispuesta a recorrerlo contigo si de verdad quieres que lo nuestro funcione.

-Yo sólo quiero estar a tu lado, Valeria – sujetó mi cara con sus manos – hasta el día en que me muera.

Sus labios se posaron sobre los míos en un infinito y tierno beso que me supo a comienzo. El comienzo de algo nuevo entre nosotros. Y me parecía bien, porque no quería continuarlo donde lo habíamos dejado. Un nuevo comienzo, sin arrastrar el pasado, era justo lo que ambos necesitábamos.


6 Comentarios

1

Una vez más te has superado... Un tema complicado como es el "perdón" entre parejas.

escrito por Sonia 17/ene/17    04:21
2

Es increíble, siempre superas mis expectativas Sonia

escrito por Karina 16/ene/17    20:35
3

Es increíble, siempre superas mis expectativas Sonia

escrito por Karina 16/ene/17    20:35
4

Fue demasiado Belloooo!!!1

escrito por Mely Mely 16/ene/17    16:40
5

Wow! Divino 💕🦋

escrito por Camila Duque 16/ene/17    15:27
6

Hermoso!

escrito por Cristina 16/ene/17    12:09

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