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MI ABUELA por Sonia López Souto ©

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MI ABUELA por Sonia López Souto 


Nadie dijo que estar lejos de casa fuese fácil. Aunque tampoco dijo que regresar fuese más sencillo. Después de ocho años separada de la familia, volver a verlos se me antoja extraño. Sobre todo porque ni siquiera mantuvimos contacto por teléfono.


Me alejé de ellos enfadada, era una adolescente a la que negaron su derecho a estudiar lo que deseaba, y dejé que el tiempo pasase sin intentar solucionar el problema. El resentimiento fue creciendo a medida que veía lo difícil que era estudiar y trabajar al mismo tiempo. Cada penalidad que pasé, se la achaqué a ellos. Por no apoyarme, por pretender que siguiese con la tradición familiar cuando sabían desde siempre que no era lo que yo quería, por darme la espalda cuando más los necesitaba.


Ahora, casi una decena de años después, regreso a casa. No por decisión propia, sino porque mi abuela ha dejado este mundo. Y si algo me apena es no haber podido despedirme de ella, pues fue la única que me dio su beneplácito. En realidad hizo mucho más que eso. Me entregó los ahorros de toda una vida, que en su caso no eran demasiados, aunque me ayudaron a subsistir los primeros meses y a pagar la primera matrícula en la universidad.


No volvimos a hablar después de que me fui, por petición expresa de ella. No quería que me aferrase al pasado, sino que mirase al futuro y lo persiguiese con determinación. O eso es lo que ella me dijo el día que nos despedimos. Ahora, con mi mente de adulta en funcionamiento, me arrepiento de haberle hecho caso. Porque ahora ya no podré decirle que lo logré, ya no podré ver el orgullo en su tierna mirada, no podré escuchar de sus labios un ‘sabía que lo lograrías, hija’. Ahora solo me queda acercarme a su féretro y despedirla sin saber si me escuchará allá donde quiera que esté. Ella diría que sí, yo no estoy tan segura.


Mi cuerpo se tensa en cuanto estoy cerca de la que una vez fue mi hogar. La casa que me vio crecer, que guarda los recuerdos de una infancia feliz y sin preocupaciones. Lástima que no siempre se pueda conservar esa inocencia. La vida se endurece a medida que creces y aunque todo lo que te sucede son lecciones a aprender, algunas duelen más que otras.

Reconozco la calle en cuanto entro en ella, ya no queda mucho. Mi corazón se acelera y mis manos comienzan a temblar, así que sujeto el volante con fuerza. Como si fuese a servir de algo, pienso. Pero no sé qué otra cosa hacer en este momento que no sea dar la vuelta y huir.


-No seas cobarde – me digo en algo para darme el valor que no tengo.

El frente de la casa está ocupado con varios coches. Después de tanto tiempo sin ir por allí, no asocio ninguno con mi familia. Aparco al fondo de la calle y camino hacia la casa en tensión. Mis pasos resuenan demasiado alto en la acera o tal vez es cosa mía y de mis nervios. Las ganas de regresar al coche y largarme casi pueden conmigo. Si me quedo es por mi abuela. Por nadie más.


-Tú puedes – me digo justo antes de golpear la puerta con los nudillos.

Ni siquiera me siento con el derecho a entrar sin que me den paso. Cuando dejé esta casa, lo hice para siempre. O al menos eso creí hasta que la voz de mi padre, fría y distante, me informó por teléfono que mi abuela había fallecido.

Después de años sin escucharlo, que lo único que dijese fuese un escueto ‘la abuela ha muerto’ y luego colgase, me dejó en shock. No pude reaccionar hasta pasados unos minutos. Y ahí fue cuando mi mundo se derrumbó. Las lágrimas duraron horas y el dolor en el pecho todavía continúa. Mi abuela, la única que había apostado por mí, se había ido para siempre.

-Has venido – el extraño saludo de mi madre, tan tenso como yo lo estaba, me saca de mi ensimismamiento.

-Hola, madre – entro en la casa en cuanto se aparta de la puerta – Por supuesto que he venido. La abuela era importante para mí.

-Pues no te has acordado mucho de ella estos últimos años.

-Eso es lo que tú crees.

Entro en el salón, donde han habilitado un pequeño pedestal donde colocar el ataúd. El último deseo de mi abuela había sido que la velasen en su casa. Al menos eso se lo han cumplido, pienso, mientras me acerco a ella. Me cuesta tragar y mis manos sudan. No sé si quiero verla. No sé si seré capaz de hacerlo.

-Hola, abuela – digo al fin, frente a ella – Ya estoy aquí. Después de tanto tiempo, he vuelto por ti. No has cambiado nada. Estás hermosa.

Aguardo en silencio esperanzada de que abra los ojos y me mire como solo ella sabía hacerlo. Todos los males se pasaban cuando ella te miraba. Pero no sucede nada y mi corazón se rompe un poco más.

-Siento no haber venido antes, abuela – digo con lágrimas en los ojos – Fui una estúpida por dejar que mi orgullo le ganase a mis ganas de verte. Jamás creí que no podría despedirme de ti antes de que tu tiempo en este mundo expirase. Estabas tan llena de vida cuando me fui. Demasiados años, lo sé. Pero te creía inmortal. Ojalá fueses inmortal.

Saco mi pañuelo del bolsillo para limpiar mis ojos y mi nariz. Es demasiado duro despedirse de ella. Siento unas manos en mis hombros y me giro. Es mi tía, la madre de mi padre. Tampoco con ellos mantuve contacto al irme. Rompí los lazos con toda mi familia.

-Ven conmigo, cielo – me dice y en su mirada no hay odio o resentimiento, sino una pena profunda. Siente el mismo dolor que yo por la muerte de mi abuela. Su madre.

Me dejo llevar por ella hasta la habitación de mi abuela. Está tal cual la recuerdo y tiene todavía su olor. Cierro los ojos y por un momento regreso a mi infancia. A las tardes de invierno que pasábamos en aquel cuarto leyendo. Ella fue la que impulsó mi amor por las letras.

-La abuela dejó esto para ti – me entrega un sobre cerrado – Quería que lo abrieses el día de su entierro, porque ella jamás dudó de que vendrías. Te quería mucho y estaba orgullosa de ti. Decía que habías logrado tus sueños.

-No podía saberlo – le digo con pena – Nunca se lo conté.

-Pero lo sabía – acaricia mi mejilla – Puede que tus padres estén dolidos por tu ausencia, cielo, pero no estás tan sola como crees.

Después de decirme eso, me deja sola en el cuarto de mi abuela. Me paseo por él, recordando a la mujer que un día fue. A la mujer llena de vida que me mostró lo bello que era soñar a través de los libros. Me senté en su cama, tan acogedora como siempre, y miré el sobre sin atreverme a abrirlo.


Querida Irene,

Sé que estarás llorando mi muerte y que te culparás no por haber podido despedirte de mí. Te conozco. Pero no debes sentirte mal por ello. Sabes que yo lo decidí así. No quería que tu pasado te limitase en tu futuro. Porque sé que tienes un futuro brillante. Naciste para ser única y especial. Para enamorar con tus letras. Para hacer soñar al mundo.

Estoy orgullosa de ti, allá donde estés y hagas lo que hagas. Ya sea fregar suelos como escribir un libro. Pero ambas sabemos que será lo segundo. Tienes lo que hay que tener para triunfar. Si no lo has hecho ya, no desistas. Pase lo que pase, sigue adelante. Sé que lo lograrás.

No me llores, mejor dedícame un libro, mi niña. Será tu forma de recordarme y honrarme. Porque lo único que quiero es que seas feliz. No lo olvides nunca. Lucha por lo que quieres y vive según tus convicciones. No dejes que nadie te diga lo que has de hacer o cómo hacerlo.

Te quise desde el mismo instante en que mis ojos se posaron en ti y te querré más allá de la muerte. No me llores. Sólo vive tu vida como quieres. Vívela por mí. Te quiero, mi niña. Tu abuela.

Las lágrimas ahora son más abundantes, pero no me molestan. Porque son lágrimas de felicidad. A través de esta carta, mi abuela me ha dado precisamente lo que yo más anhelaba. Poder despedirme de ella. Y me hago una promesa antes de regresar abajo y soportar las miradas furibundas de mis padres mientras enterramos a mi abuela. Prometo que mi primer libro publicado contará su historia. La historia de una mujer que me ayudó a ser quien soy. La mujer a la que debo todo. Mi abuela.

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