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"HASTA AQUÍ LLEGAMOS" por Sonia López Souto ©

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"HASTA AQUÍ LLEGAMOS" por Sonia López Souto ©


Estamos en la cena que da el jefe de mi novio una vez al año para sus empleados. No recuerdo cuándo fue la primera ocasión en que me pidió que lo acompañase, pero sí sé con total seguridad que esta es la primera vez que no quiero estar aquí.


Emilio está muy raro desde hace un par de meses. Ya no es el muchacho alegre y divertido que conocí en la universidad. Su humor se ha ido apagando como una vela consumida después de demasiado tiempo encendida. Parece que todo le molesta. Del mundo, de la casa, de la convivencia, de mí.


Sé que está bajo mucha presión porque están realizando revisiones en la oficina. Van a ampliar la plantilla y para ello piensan proponer varios ascensos a quienes llevan años trabajando allí. Emilio quiere ser uno de esos puestos y se trae a casa el estrés que le causa no saber qué ocurrirá.


Discutimos con frecuencia y sus palabras se me clavan como puñales en el corazón. Puede ser muy cruel cuando está enfadado. Y por más que intento allanar la situación, se toma como una crítica todo cuanto le sugiero. Nuestra vida en común ha pasado del paraíso al infierno en tan solo unas semanas.


-Espero que esta noche no la cagues, Lucía – me dijo antes de salir de casa – Ya es suficiente tortura tener que soportar tu torpeza en casa. No quiero que mi jefe se crea que vivo con una estúpida.



Ni siquiera pude defenderme. Se sujetó por el brazo y prácticamente me arrastró hasta el coche. Tampoco quise responderle para no enfadarlo más. Cuando se descontrola es capaz de llegar a las manos y prefiero evitarlo. La primera vez que sucedió, acabé recibiendo un bofetón en la cara que me hizo callar al segundo. Hasta el momento no me había puesto jamás la mano encima y me quedé bloqueada. Después de aquello procuré no volver a llevarlo al límite, aunque no siempre lo consigo. Parece que cuanto más se acerca el momento de la verdad en su trabajo, más rápido se altera en casa.


-Al menos podías sonreír algo, Lucía – la voz irritada de Emilio me devuelve al presente.

-Perdona – hago lo que me pide – Estaba pensando y…

-Pues piensa menos – me interrumpe – y atiende a lo que dice mi jefe. No me dejes en evidencia delante de él.

Por suerte, sólo susurra. Aún así, la furia en sus palabras me dice que está al límite una vez más. Mejor trataré de hacer lo que me dice para que se tranquilice. Sería terrible que por mi culpa acabasen descubriendo esa parte de él que lo ha vuelto irreconocible para mí. No le beneficiaría en su propósito de conseguir el ascenso. Y si no logra el ascenso, me temo que no podrá ser de nuevo el hombre que me enamoró. Tengo que ayudarlo con eso.


-Todo saldrá bien, Emilio – le digo en bajo también apoyando mi mano sobre la suya – Verás que te elegirán a ti para ese puesto que quieres.

-Tú qué sabrás – retira su mano con brusquedad y yo miro a todos lados por si alguien lo ha visto – Mantén la boca cerrada y asiente a todo lo que diga mi jefe. No me dejes en ridículo.



Ha sonado a amenaza. Al menos yo lo siento así. Aunque sé que está bajo mucha presión, no entiendo por qué se comporta de ese modo. Antes no era así. Recuerdo a un Emilio risueño que me conquistó con sus bromas y sus detalles románticos. Me hacía reír y eso era lo más importante para mí. Llenaba mi vida de luz.


Ahora es todo lo contrario. A su lado he llegado a sentir miedo, sobre todo en aquellas ocasiones en que acabó golpeándome. He visto demasiadas noticias sobre el maltrato como para saber que eso puede ir a más. Y no puedo permitirlo, no dejaré que nuestra relación se rompa de ese modo. Si es necesario soportar su mal humor unas semanas más hasta que le den el ascenso, lo haré. Me tragaré mis opiniones hasta que pase el temporal. Luego seguro que todo volverá a ser como siempre.


Cuando pasamos al momento del cóctel, Emilio se reúne con sus compañeros en torno a su jefe. Creo que todos intentan agradarlo para que los tenga en cuenta para esos nuevos puestos de mayor responsabilidad. Podría acercarme a conversar con los demás invitados, pero estoy tan nerviosa que prefiero mantenerme al margen. No quiero hacer algo que empeore la situación con Emilio.


Me dedico a admirar las vistas por los amplios ventanales que cubren todo el lateral de la sala donde se celebra el convite. La ciudad por la noche siempre impresiona, iluminada con cientos de diminutas luces forma un bello paisaje. Creo que es en la única ocasión en que disfruto realmente de ella. Siempre he sido más de campo, después de todo me he criado a las afueras, en la granja de mis abuelos. Si estoy en la ciudad ahora es porque mi trabajo me lo exige. Y porque mi vida con Emilio está aquí.


-Unas vistas fabulosas – escucho decir a mi lado.

-Ciertamente – sonrío al hombre que está junto a mí.

No recuerdo haberlo visto antes así que me siento un poco cohibida por si es alguien importante en la empresa y no lo he reconocido. Emilio no me perdonaría que metiese la pata de ese modo.

-Con un enfoque diferente – continúa, mirando hacia fuera – hasta lo defectuoso puede parecer perfecto.

-Supongo - frunzo el ceño sin llegar a comprender por qué me dice aquello.

-Disculpe mi atrevimiento – me mira ahora a mí y me sonrojo intensamente – pero no he podido evitar observarla durante la cena. No parecía usted muy feliz y eso me ha hecho pensar en cual podría ser la razón para ello.

-Tal vez se lo haya parecido – trato de disimular mis nervios – pero estoy bien.

-Los años anteriores era usted una mujer risueña que participaba en las conversaciones. Hoy se ha mantenido al margen, tratando de pasar desapercibida – insiste.

Está siendo correcto conmigo pero me siento atacada igualmente. Aunque tenga razón, no es de su incumbencia. Y estoy a punto de decírselo, amablemente por supuesto, cuando una mano se aferra a mi brazo con tanta fuerza que duele.

-Lucía – es Emilio y habla con la mandíbula apretada en una sonrisa forzada. Sé que está enfadado – necesito hablar contigo un momento. Si nos disculpas, Fernando.

-Por supuesto – inclina la cabeza hacia nosotros y se retira, no sin antes mirarme una última vez. Oculto mi rostro para que mi nuevo sonrojo no sea tan evidente. Ese hombre me pone nerviosa.

-¿Qué coño crees que estás haciendo, Lucía? – me reprende Emilio en susurros mientras su mano aprieta más mi brazo.

-Me haces daño, Emilio – intento soltarme pero no puedo.

-Contesta – me acerca a él y trata de cubrir con su cuerpo el mío para que nadie sepa que estamos discutiendo - ¿Qué hacías con el hijo de Armando?

¿Fernando es hijo del jefe? Mi mirada quiere regresar a él para estudiarlo de nuevo y ver por qué no pude reconocerlo antes, pero la férrea sujeción de Emilio me lo impide.

-No sabía que era él.

En cuanto lo digo, me arrepiento. La mirada de Emilio se endurece y su mandíbula está tan tensa que temo que acabe desencajándola. Me duele el brazo e intento soltarme pero él aprieta más. Si sigue así, me dejará un cardenal.

-No se puede ser más estúpida que tú – escupe cada palabra con odio y yo me siento empequeñecer con cada una de ellas – ¿Es que no puedes hacer nada bien? ¿Acaso quieres que me despidan? Ya veo lo que te interesa mi trabajo, que no eres capaz ni de recordar al hijo de mi jefe. Como hayas dicho algo que me deje en ridículo, te las verás conmigo, Lucía. Esta me la vas a pagar.

-Sólo hablábamos de las vistas.

-¿Y por eso estás tan roja? – me acusa - ¿No estarías coqueteando con él?

-Ni se te ocurra insinuarlo siquiera, Emilio. Sólo hablábamos.

-Eres una puta. No debí traerte conmigo. No hace más que dejarme en ridículo delante de todos.

-Por favor, Emilio, tranquilízate. El único que está haciendo el ridículo aquí ahora mismo eres tú. Deja de decir…

Ni siquiera lo veo venir. Sólo puedo sentir el escozor en la mejilla después de que su mano se estrelle contra ella. Mi mirada de incredulidad se posa sobre él. No es posible que me haya pegado de nuevo. Mucho menos delante de su jefe y de sus compañeros.

-Creo que eso ha estado fuera de lugar, Emilio.

Fernando se ha acercado a nosotros y nos separa, interponiendo su cuerpo entre ambos. Su padre nos observa con atención, al igual que todos los presentes. Mi rostro arde de vergüenza y quisiera poder hacer un agujero en el suelo y esconder la cabeza en él como los avestruces. Jamás en mi vida me había sentido tan humillada.

-Sí – parece arrepentido – Lo lamento. No debí hacerlo.

-Desde luego que no.

-Sólo estoy un poco nervioso y…

-Golpear a una mujer no es justificable bajo ningún concepto, Emilio – ahora es Armando quien interviene – No me gusta la gente que se impone a los demás por la fuerza. No quiero a alguien así en mi equipo.

Veo el fuego de la ira arder en los ojos de Emilio y me escondo detrás de Fernando por instinto. Él parece notarlo porque rodea mi cintura con su brazo y me da cobijo contra su cuerpo. Extrañamente me siento segura al momento.

-¿Ves lo que has conseguido, Lucía? – me grita Emilio, fuera de sí – Al final te has salido con la tuya. Me quedaré sin trabajo por tu culpa.

Intenta acercarse a mí, pero Fernando se lo impide. Al momento, dos de sus compañeros lo sujetan y aunque intenta deshacerse de ellos, no lo consigue. Grita de pura frustración.

-Si no te tranquilizas, llamaré a la policía, Emilio – dice Armando. Su voz suena firme y decidida.

-¿Te los cepillas a todos? – no escucha a nadie – Debí imaginarlo. No se puede confiar en ti. No eres más que una zorra mentirosa.

No es la primera vez que me acusa de engañarlo, ni que se vuelve tan loco como para golpearme, pero sí es la primera vez que siento que, de haber estado solos, habría sido una más de las tantas mujeres muertas a manos de sus parejas, que salen en los telediarios.

-Hasta aquí llegamos – dice Fernando – Papá, llama a la policía y que se lo lleven.

Después de sus palabras, me arrastra conmigo fuera de la sala, dónde Emilio sigue gritando. Antes de traspasar la puerta lo miro, sólo para descubrir que han tenido que reducirlo, tirándolo al suelo y colocándose encima de él. Ha enloquecido completamente.

Y a mí se me escapan las lágrimas de impotencia. Él ha sido toda mi vida desde que nos conocimos. Mi mayor apoyo, mi consuelo, mi motivación. Se lo di todo y ahora él cree que no ha significado nada.

-No te culpes por eso, Lucía – Fernando busca mi mirada levantándome la barbilla – Él es el que obró mal, no tú.

-Demasiado estrés – intento defenderlo y eso no le gusta.


-No hay nada que justifique que te ponga una mano encima. El maltrato, ya sea físico o psicológico, es un mal que hay que erradicar de raíz. Porque sólo va en un sentido y es a más. Hoy es una mala palabra y mañana serán insultos. Hoy es una bofetada y mañana será una paliza. Hoy te deja cardenales y mañana te envía al hospital. Hoy te dan puntos y mañana te entierran. No esperes a que eso suceda. Denuncia antes. Sin miedo, con decisión. Es tu vida la que está en juego.


Sus palabras me remueven algo por dentro y la determinación hace mella en mí. Sé lo que tengo que hacer y aunque me asuste, no voy retroceder. Después de todo, tiene razón. Es mi vida la que está en juego y yo decido luchar por ella. Luchar por mí.


6 Comentarios

1

Que gran relato, en pocas palabras rescatas la esencia de lo que es el maltrato físico y emocional. Felicidades Sonia, eres la mejor.

escrito por Evy 22/nov/16    07:12
2

me encantó :) tus relatos siempre me dejan con ganas de más....... mucho éxito Sonia

escrito por Vane Siguenza 21/nov/16    22:38
3

Un pequeño relato pero lleno de emociones, me gusto muchísimo. Enhorabuena Sonia

escrito por Tatiana Morales 21/nov/16    15:59
4

Muy buen relato y ojala que muchas mujeres tomen conciensia, que nada pero nada justifica el maltrato...

escrito por Viviana 21/nov/16    15:24
5

Es un relato duro,pero al menos con un final que por desgracia no se repite en todas las historias que se ven en la tele.Con una buena reflexión.

escrito por Cristina 21/nov/16    13:10
6

Excelente Sonia! Me encantó como cada uno de tus libros.. en nombre de las mujeres muchas Gracias!!!

escrito por Celia 21/nov/16    12:40

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