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RECTIFICAR ES DE FELICES: EL DERECHO A CAMBIAR PARA ESTAR MEJOR; Por Ana Varela

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La Periodista Ana Varela, Bilbaína de nacimiento, vive en Madrid y comparte reflexiones con nosotros sobre distintos temas de la actualidad, eso sí con una visión muy personal de la vida.


De su Blog "VARELADAS"





RECTIFICAR ES DE FELICES: EL DERECHO A CAMBIAR PARA ESTAR MEJOR; 

Por Ana Varela


Dicen los forenses que algunos suicidas se arrepienten de su decisión cuando ya es demasiado tarde: intentan aflojar la cuerda con la que van a ahorcarse, pero ya no pueden hacerlo. Se arrepienten cuando ya es irremediable. La cuerda que nos ahorca hay que quitársela antes, mucho antes. A ser posible, en vida.


Vivir es acertar y equivocarse. La vida no es un examen final, se parece más a un “control” continuo. En todo caso, eres tú mismo quien te pones la nota, diciéndote “sí, esto es lo que quiero” o “no, cómo he podido equivocarme tanto, desviarme tanto de lo que realmente quería“. Por eso, de vez en cuando, conviene echar la vista atrás y preguntarnos si lo que estamos haciendo nos lleva adonde realmente queremos estar. Nuestra vida no es un guión que haya escrito otro para nosotros, y que debamos seguir al pie de la letra. Y aunque existan cosas que no podemos cambiar, aunque las líneas más importantes de nuestra vida estén escritas, podemos improvisar y cambiar muchas: para empezar, todas las que dependen de nuestra forma de ser. Nuestra vida es nuestra. Tenemos derecho a equivocarnos y a cambiar el rumbo. Podemos rectificar si creemos que, haciéndolo, vamos a ser más felices o, simplemente, vamos a estar más a gusto con nosotros mismos y más cerca del camino que nos trazamos en su día.


Imagina tu vida como una obra de arte: una pintura o una novela . Tú eres el autor y quieres que sea lo mejor posible. Pero te equivocas, pintas cosas que no te gustan. O escribes y corriges lo escrito, porque no te convence. En la vida, dices cosas que no deberías decir, hieres a gente a la que no quieres hacer daño. Nos equivocamos mucho más a menudo de lo que nos gusta reconocer. Hay gente que dice que no se arrepiente de nada. Gente que o no se equivoca nunca o no reconoce sus errores. Si no se equivocan nunca, son perfectos. La gente perfecta asusta un poco, por lo alejada que está de la verdadera naturaleza humana, maravillosamente imperfecta. Y los que no reconocen sus errores es que viven convencidos de estar en posesión de la verdad. Somos peligrosos cuando nos creemos perfectos o cuando pensamos que nuestra verdad es la VERDAD así, con mayúsculas.


No sólo nos equivocamos, es que tenemos derecho a equivocarnos. Pero corrijamos, reescribamos lo escrito, rompamos el lienzo que no nos gusta, por mucho que hayamos trabajado en él. ¿No sería peor quedarnos en una vida que no nos gusta sólo por no corregir aquello en lo que nos hemos confundido?. Rectificar los errores no es un fracaso, se trata de no sumar más equivocaciones por el empeño en no reconocerlo. Como dice Alberto Cortez, “Nos falta la bonhomía de reparar los errores antes de hacerlos mayores a golpe de letanías“.


A veces, nos equivocamos con la gente, con nuestro empeño en clasificarles. Cuando clasificas a la gente, irremediablemente, la encasillas, la conviertes en amiga o enemiga, buena o mala. No nos damos cuenta de que la gente no va por la vida con el corazón a la vista. Por la cuenta que nos tiene, tendemos a protegernos. Queremos mostrar nuestro mejor perfil, como en Facebook o en la entrevista para el trabajo de tus sueños o como cuando nos enamoramos. Sin embargo, seguimos juzgando a la gente por las apariencias. Y así, sin saberlo, acabas dando tu lealtad a gente que ni la merece ni la quiere. Cuesta reconocer que te has equivocado. Que has dado la cara por gente a la que, pasado el tiempo, se la partirías con mucho gusto. Que has defendido lo indefendible, en contra de tus propios principios, por una lealtad mal entendida a los demás, sin preguntarte si estabas siendo fiel a ti mismo. Callas y callas tu verdadero ser porque crees que alguien merece la pena, porque quieres conservar en tu vida a alguien, a toda costa, contra viento y marea. Y, pasado el tiempo, piensas: tanto esfuerzo, ¿para qué?. Puedes alejarte, te está permitido alejarte de quien ya no encaja en tu vida.



No siempre acertamos. Pero lo peor que podemos hacer, si nos damos cuenta, es permanecer en el error, empeñados en que el tiempo acabará por recompensar nuestros esfuerzos por el amor de aquel que, día a día, nos muestra que no nos quiere. Da igual que sea tu madre, tu pareja o un amigo. Aprende a alejarte de tus errores.


O nos equivocamos y nos protegemos de quienes nos quieren. Nos alejamos de amigos del alma, porque alguien nos dijo que dijeron tal o cual cosa que nos ofendió. O porque les oímos decir algo que nos hace pensar que no nos eran tan leales como creíamos, o esperábamos, o exigíamos. O porque no estuvieron contigo al cien por cien cuando los necesitaste. No te preguntaste ni siquiera si eso que tú llamabas no estar al cien por cien quizá era una petición excesiva para el otro. Fue tanto tu dolor que, incapaz de afrontarlo, preferiste romper. No les dejas hablar, no les escuchas. Y te defiendes de ellos, de quienes sí te quieren (como saben o como pueden), igual que un gato enfurecido se revuelve contra su dueño cuando está asustado. Como nosotros, el gato no se da cuenta de que es su miedo el que actúa. Como tememos que nos hagan daño, lanzamos palabras dolorosas al otro, como directos a la mandíbula que nos alejan definitivamente de gente que queríamos conservar. Y la pérdida queda marcada a fuego en nuestra alma, en la dureza que se empieza a instalar en nuestro maltrecho corazón, en forma de desconfianza a los demás.


Bronnie Ware, experta en cuidados paliativos y enfermos terminales, escribió en su libro LOS CINCO MANDAMIENTOS PARA TENER UNA VIDA PLENA la lista de los cinco principales arrepentimientos que tiene la gente antes de morir:


  1. Ojalá hubiera tenido el coraje de hacer lo que realmente quería hacer y no lo que los otros esperaban que hiciera
  2. Ojalá no hubiera trabajado tanto
  3. Hubiera deseado tener el coraje de expresar lo que realmente sentía
  4. Habría querido volver a tener contacto con mis amigos
  5. Me hubiera gustado ser más feliz

No hace falta, no debería hacer falta, estar en el lecho de muerte para darse cuenta de que uno se ha equivocado. De hecho, lo lamentable, lo triste, es darse cuenta cuando es tarde, cuando ya nada se puede hacer. Mejor hacerlo cuando aun estamos a tiempo.


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POTAJESOLIARIO

La cita es el próximo domingo 26 de Noviembre a las dos de la tarde en la Caseta de la Giraldilla. 

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"Hace pocos días, recibí el correo de una persona mayor, donde me detallaba los problemas que tenía para poder tirar la basura al contendedor..."

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016LLAMA
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