LAZOROSA
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EL INCENDIO por Sonia López Souto ©

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EL INCENDIO por Sonia López Souto ©  

Me despierto de madrugada. Un olor penetrante es la causa de ello, pero no logro descubrir qué es hasta que veo el humo entrar por debajo de la puerta. Me coloco la bata sobre los hombros y salgo de la habitación. Apenas veo por dónde camino y comienzo a toser. Me cuesta respirar y cubro mi boca y mi nariz con la manga de la bata.


Cuando intento abrir la puerta de la entrada, el calor del pomo me quema la mano y un grito se escapa de mis labios. Imposible salir por ahí. Regreso por donde he venido y salgo por la ventana que da a las escaleras antiincendios. Tantas veces las usé de pequeña para escapar de casa sin que mis padres lo supiesen, pero hasta ahora nunca fue por la única razón por la que estaban instaladas. Un incendio.


Puedo ver a mis vecinos fuera, la mayoría en pijama como yo. Los bomberos acaban de llegar y están preparándose para sofocar las llamas. Me acerco con cuidado a mis vecinos y los observo uno a uno. Allí están los señores Ramírez y su hija. También puedo ver a la señora del segundo, nunca recuerdo su nombre, con su caniche en brazos. Por una vez, el animal está callado. Aunque debo admitir que estoy tan acostumbrada a sus ladridos, que apenas los escucho ya.


Un poco más lejos están los estudiantes del otro segundo. Y la pareja recién casada que vive frente a mí. Un encanto los dos. Arturo está consolando a Ana, que parece realmente afectada. Le está susurrando al oído mientras asiente, aunque sigue llorando.


El señor Armando, nuestro casero, no está estos días así que ni me molesto en localizarlo. Se ha ido a ver a su segundo nieto, que nació hace apenas un mes. Vive en el primero y siempre está dispuesto a atender nuestras demandas con la mayor brevedad. No podríamos tener mejor casero que él y me da pena que su edificio se esté quemando Aunque imagino que el seguro se hará cargo, será un gran disgusto para él.


Ya sólo me falta encontrar a la señora Eleanor. La mujer inglesa que vive en el primero, frente al casero. Es una señora solitaria, que no habla con nadie. No sé si es porque no sabe nuestro idioma, que lo dudo pues lleva ya muchos años aquí, o porque prefiere no relacionarse con sus vecinos. Sea como sea, no la veo en la calle.


Me acerco a los demás y les voy preguntando si la han visto. A medida que sus respuestas negativas se van sucediendo, mi preocupación crece. ¿Acaso está todavía dentro? ¿Y si el incendio se inició en su casa? Es una mujer muy mayor, bien pudo dormirse con la estufa encendida.


Un escalofrío recorre mi cuerpo y aunque hace frío, sé que ese no es el motivo. Veo cómo los bomberos lanzan agua hacia las ventanas para intentar sofocar el incendio. Ninguno ha entrado a comprobar que el edificio esté vacío y empiezo a temer que la señora Eleanor haya muerto.


-Señor – llamo a uno de los bomberos – Oiga.



No me oye con el ruido del agua a presión. Alargo mi mano para tocar su brazo pero alguien me detiene. Al mirar a los ojos de esa persona me quedo totalmente paralizada. Nunca en mi vida he visto unos ojos tan negros como los del hombre que me está observando con reproche.


-No puede estar aquí, señorita – me dice, obligándome a moverme. De cualquier otro modo, no habría podido hacerlo, perdida como estoy en sus ojos.


-Un momento – reacciono cuando ya casi estoy de regreso con mis vecinos – Hay una mujer dentro del edificio.


-Nos han dicho que están todos fuera – me mira tan fijamente que vuelvo a temblar y esta vez tampoco es de frío.


-No es así. La señora del primero izquierda no ha salido.


-¿Está segura? – sus intensos ojos me miran intentando averiguar si estoy diciendo la verdad. ¿Quién mentiría sobre algo así?

-Se lo juro – asiento.

-Quédese aquí – me cree y yo me siento aliviada.


Lo veo hablar con el que parece ser su superior y éste niega una y otra vez. Sé que no van a entrar a por ella. Puedo leer los labios del jefe. Es demasiado peligroso. Y mi corazón se comprime al imaginarme a la pobre señora Eleanor encerrada en su piso en llamas sin poder escapar de ellas. No es una muerte agradable.


Veo con impotencia que continúan con las labores de extinción. Entonces me decido, si ellos no van, lo haré yo. Y me escabullo por el lateral del edificio para intentar entrar por una de las ventanas. Sé que la señora Eleanor tiene rejas en todas salvo en la de incendios. Y a esa me dirijo.


Está caliente y mi mano ya quemada se resiente pero consigo abrirla. Un calor sofocante me da de pleno en la cara y un humo negro llena mis fosas nasales. Tapo la boca y la nariz de nuevo con mi bata y entro en el piso. Es una locura, lo sé en cuanto empiezo a sentirme mareada, pero necesito encontrar a la mujer.


-Eleanor – la llamo y el humo que entra en mi boca me hace toser.


Mis ojos pican y empiezan a llorar. Cuanto más los limpio, más arden. Debería dar media vuelta y salir pero me niego a dejarla a merced de las llamas. Sigo buscando hasta que mis movimientos se vuelven más erráticos y me tambaleo de un lado a otro. Me golpeo contra una mesa y caigo al suelo. Ya no soy capaz de levantarme.


-Te encontré – escucho a lo lejos y siento cómo me elevo en el aire.


¿Será que me he muerto y mi ángel de la guarda me está llevando al paraíso? Nunca he creído en esas cosas, pero ahora que siento la ingravidez de mi cuerpo, ya no estoy tan segura de que no exista algo más después. Aunque, de ser así, no debería estar sintiendo ese dolor en mi pecho ni tendría unas ganas imperiosas de vomitar, ¿verdad?


-Respira – escucho de nuevo y parece una petición cargada de angustia.


Siento algo sobre mis labios, tan suave y firme a la vez, que impulsa aire en mis pulmones. Éstos protestan y yo quiero apartar lo que sea que me haga eso pero no puedo moverme. Unos segundos después, una nueva bocanada de aire entra en mí y comienzo a toser.


-Eso es – escucho – Expúlsalo todo fuera.


Abro por fin mis ojos y me topo con los del bombero con el que hablé antes. Sus oscuros ojos negros me miran con preocupación. Y algo más que no descubro hasta que una sonrisa adorna su boca. Alivio.


-¿Qué ha…? – no puedo hablar, me arde la garganta.


-Silencio – busca algo detrás de él – No hables ahora. Tu garganta está dañada.


Intenta darme oxígeno pero lo detengo. Necesito saber qué ha ocurrido con la señora Eleanor. Él simplemente niega con la cabeza y yo me derrumbo. Aunque no tenía trato con ella, me apena su muerte. Parecía una buena mujer.


-Lo siento mucho – le escucho decir.


Al momento siento sus brazos a mi alrededor en un abrazo y cierro los ojos. Es tranquilizante y dejo que las lágrimas sigan cayendo hasta agotarse. Él no se separa de mí en ningún momento. Y aunque imagino que estará acostumbrado a casos similares, mi instinto me dice que no suele hacer algo como esto.


Lo miro interrogante a los ojos, esos ojos que me hacen querer perderme en ellos para siempre, y me sonríe. Arranca con cuidado la máscara de oxígeno y me besa. Labios suaves y firmes a la vez. Ya los había sentido en los míos pero ahora es mucho más personal. Más íntimo.


Y aunque todavía sienta pena por la señora Eleanor, me siento mejor. Después de todo, he conocido al bombero de mi vida.

Comentarios 1

8 Comentarios

1

Hermosa historia como siempre... Felicidades por tan hermosas historias...

escrito por Jeessii 15/oct/16    15:04
2

Cómo siempre Sonia nos regala una hermosa historia. FELICITACIONES

escrito por Ivana Daniela Montiel 13/oct/16    23:57
3

Cómo siempre Sonia nos regala una hermosa historia. FELICITACIONES

escrito por Ivana Daniela Montiel 13/oct/16    23:57
4

Me encanta Sonia!!! Enhorabuena!

escrito por Amparo 13/oct/16    23:28
5

Ahhhhh hermoso relato y hermoso bombero....

escrito por Viviana 13/oct/16    15:44
6

Bella historia de amor, y que triste la muerte e la señora E.....

escrito por Kendy 13/oct/16    03:37
7

Wow... Triste por la Señora pero encantada con ese Bombero....

escrito por Maiie 13/oct/16    03:00
8

Como siempre lindas sus historias. Felicitaciones

escrito por Zonia Ortega 13/oct/16    01:03

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