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FERIANTE

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Tengo todavía vivas las imágenes de cuando la feria de mi pueblo, instalada en la calle principal, era la reunión de tres “cacharritos” y dos puestos de turrón, amén de las sillas y mesas de madera que los dos bares que estaban en la calle ponían ofreciendo gambas entre las tapas. ¡Cómo han cambiado los tiempos!.


Pero no quiero hablar hoy de esas ferias, sino de la ferias del libro que últimamente proliferan y que, los que amamos los libros, deseamos que no sólo sigan las actuales, sino que broten nuevos eventos que promocionen la lectura, la escritura y la comunicación entre las personas por medio de los libros. Aunque lo ideal sería que este crecimiento fuera a compás con una profundización, consecuencia de una mayor nivel cultural y no sólo las fotos oportunistas, la manipulación desvergonzada de supuestos genios usando la fibra sensible, y los desfiles comerciales. ¡Por desgracia parece que no se puede tener todo!


Este año me ha tocado, como el “tío del turrón”, ir de feria en feria (del libro por supuesto). He podido comprobar cómo las grandes editoriales utilizan a los “famosos” a su antojo, o más bien, al dictado de sus intereses económicos; cómo son desplazados autores noveles en beneficio del plumilla que aparece en la caja tonta; cómo se organizan espectáculos destinados a concentrar a cientos de niños que, con la excusa de actividades infantiles, no pretenden otra cosa más que vender cientos de libros infantiles, que los niños nunca leerán, pagados por los papás. Son las sendas grabadas por el mercantilismo que también existe en el mundo de la literatura.


Cuando asisto a las Ferias del Libro que este año me han tocado en suerte, mis planteamientos son muy distintos. Un autor que acude a un stand a firmar ejemplares de su obra, al menos en mi caso, busca la comunicación con el lector, conseguir la complicidad de la persona que, confiando en su intuición, compra una novela porque la portada y la sinopsis le han resultado atractivas y poder compartir anhelos e ilusiones con los lectores. No hay nada que me satisfaga más, y creo que a la gran mayoría de autores, que cuando se consigue hacer realidad la complicidad entre autor y lector.


Acudir a una feria del libro es ser portador de ilusiones para repartir entre niños y mayores sin otro objetivo que ilusionar. Es convertir el libro en el mejor juguete para el niño y para el mayor que se resiste a dejar de ser niño. Es intentar que los sueños e ilusiones se materialicen en las páginas impresas de un libro.


A lo mejor es que, por fortuna, todavía no estoy viciado. Espero no caer en las redes mercantilistas.


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