La guinda del pastel
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FINAL DEL JUEGO

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Ahí llega.

Puedo escuchar sus pasos suaves, como si apenas tocaran el suelo.

Debe de estar escudriñando la habitación, dudando sobre si prefiere encontrarme o si, por el contrario, está todo mejor en un perfecto y complaciente silencio.


No oigo nada: ha debido detenerse.

Tal vez espera a escuchar algo.

A escucharme.

Descubrirme.

Todo se acabaría entonces.

Podría encender la luz y así saldría de dudas; claro que para eso tiene que encontrar el interruptor.

Oigo su respiración. Una profunda y salvaje respiración; como de un monstruo, o un toro: un monumental toro que parece que roza el suelo cuando camina.


También escucho la mía. Fuerte. Muy fuerte.

Y siento que mi respiración puede delatarme. Respiro y siento que me ahogo con ella. No quiero respirar.

Sólo quiero esfumarme, desaparecer de este lugar. O que desaparezca él y su monstruosa respiración.


Tal vez respira así de fuerte para jugar conmigo. Quizá sabe que estoy aquí, compartiendo la misma habitación que él. Quizá quiere asegurarse de que sepa que él está ahí, a muy poca distancia de mí. Como una araña golosa que disfruta contemplando la mosca enredada en la red, deleitándose con el esfuerzo inútil de ésta por intentar escaparse, 

ilusionándola con una falsa esperanza antes de saltar implacable sobre ella.


No quiero que juegue conmigo.

Quiero que esto acabe pronto.

Vete. ¡Vete!

Ese chasquido ha debido ser el interruptor: no se va.

Ahora tiene ventaja. Ahora puede observar a sus anchas toda la habitación: las paredes, el techo, la cama deshecha, los zapatos y los calcetines desparramados por el suelo, el escritorio con todos los papeles… La pantalla del ordenador tiene una imagen del cuadro “Saturno devorando a un hijo” de Goya. Puede incluso acercarse y coger impune el Final del juego de Cortázar de la mesita de noche. O abrir el armario, o el baúl, rebuscar en mi cartera, entre los volúmenes de literatura rusa, o en los álbumes, y en todos esos sitios en los que uno puede tratar de esconderse.


Y, si de verdad ese hombre tiene pensamientos de araña y de verdad sabe que estoy aquí, puede prolongar mi agonía: puede coger el libro, tumbarse en la cama y empezar a leerlo, página a página, palabra a palabra, letra a letra. Hasta desquiciarme, hasta hacerme desfallecer.


Quiere que me delate.

Que me entregue derrotado.

Tengo que aguantar, no puedo ponérselo fácil.

El corazón me late muy fuerte, se me atropella. Siento cómo retumba en el pecho, bajo la piel, como si buscara un espacio inexistente para liberarse.


De nuevo los pasos.

Unos pasos que olisquean el suelo buscando mi miedo.

Se detienen.

Me tapo la nariz para poder escuchar mejor.

No se oye nada, salvo esa respiración, que ahora es más tranquila y ha quedado como un murmullo gutural en el fondo de la habitación.

Al taparme la nariz siento cómo la sangre me sube a la cara y me colorea las mejillas. Me asfixio.

Inevitablemente respiro por la boca, aspirando una gran bocanada de aire que suelto con un levísimo gemido.

Un levísimo gemido que me delata.


De nuevo los pasos,

que ahora son inquietos,

descuidados,

sonoros.

Se mueven por toda la habitación.

Se multiplican.

Uno de ellos ha pisado justo delante del escondite. Frente a mí.

Y se detiene.

Ya no hay más pasos.

De nuevo el silencio.


Y mi corazón, que sigue bombeando, lo hace ahora más rápido, como si cada nuevo latido saliera demasiado tarde y quisiera alcanzar al anterior.


Me escucha. Siento que escucha mi corazón y que el aire que espiro va cargado de mí. Me huele.

Me siente.


El hombre-araña, u hombre-toro, u hombre-lobo o lo que sea me ha encontrado.

Y me imagino cómo alarga su mano, la misma mano que me sacudirá y Dios sabe qué cosas hará de mí.

Siento la mano

y me produce escalofríos.

Se acabó.

La mano me ha devuelto a la luz y a la habitación, al mundo descubierto.


Pasar del mundo de la incertidumbre al de la seguridad de forma tan violenta me aturde y no puedo enfocar bien.

Una mancha oscura rodeada de luz se inclina hacia mí.

Miro la mano y me encuentro un montón de dedos gruesos y peludos, una mano de animal. Espantado por la tosquedad de sus extremidades le busco la cara.


Su rostro es un espejo.


Me miro en él y ese monstruo me mira con mis propios ojos y observa –y observo– cómo lanzo un grito de horror tan terrible que la mano me suelta y doy un paso hacia atrás, espantado del ser que he sacado de su escondite.

Instintivamente me llevo las manos a la cara –mis manos de siempre, las de verdad, no las salvajes– y me froto los ojos.

Resoplando, vuelvo a buscarme en el espejo y veo a mi padre sorprendido y un poco consternado por mi reacción.

Miro a mi alrededor y veo las paredes y el techo de mi cuarto, los zapatos y los calcetines desparramados por el suelo, el escritorio con todos los papeles… La pantalla del ordenador tiene una imagen del cuadro “Saturno devorando a un hijo” de Goya. En mi mesita de noche está el Final del juego de Cortázar.


Es lunes y son las siete de la mañana.


Finaldejuego






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