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Residencias en tiempos de la COVID: Por qué dejamos abandonados a nuestros mayores por Ana Varela

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          Residencias en tiempos de la COVID: 

Por qué dejamos abandonados a nuestros mayores.

Ana Valera (Vareladasblog


         Un día, la Ministra de Defensa de España contó que el Ejército había encontrado en las residencias, muertos en sus camas, a ancianos. El estado de alarma acababa de declararse en España y militares, policías y bomberos acudían a las residencias para inspeccionar el estado de los antes llamados asilos. La imagen podía haber sido el increíble comienzo de una película de terror. Ancianos conviviendo (si tal palabra puede usarse en semejante contextocon sus compañeros muertos, en una orgía espantosa de vida y muerte. Pero era real. Es el cuadro que encontraron policías, bomberos y militares en muchas de las residencias que visitaron cuando empezaron las inspecciones.

         Podía haber sido un escándalo. Debería haberlo sido. Pero apenas fue una noticia más, una de tantas, en medio de la sobredosis de información que el virus provocó. Todo se olvidó enseguida, de la misma forma rápida que, en estos tiempos, olvidamos todo: lo banal y lo importante. Simplemente, no teníamos tiempo para pensar en los viejos. Casi nunca lo tenemos, la verdad. La noticia, pues, pasó de puntillas, casi desapercibida, entre la infodemia general que nos rodeaba por doquier. Tampoco nos alarmamos demasiado cuando vimos que, entre las cifras de muertos por el coronavirus, la mayoría eran ancianos. Después de todo es ley de vida: los viejos son más vulnerables. Normal que mueran ellos primero. Eso nos dijimos, esta vez.

          Lo que no pensábamos (quizá porque no queríamos hacerlo) es que no era el virus el que los mataba. Todos estábamos muy ocupados, como siempre. La Administración estaba muy atareada manteniendo la epidemia a raya y tratando de que las estadísticas no se dispararan. Los familiares no tenían tiempo, igual que no solemos tener sitio para ellos en nuestras casas, cuando nos necesitan. El resto, estábamos también muy atareados, aplaudiendo a los sanitarios, convertidos en los nuevos dioses, sacralizados quizá sólo por nuestro miedo a ser los próximos en caer enfermos y vernos en sus manos sin remedio.

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       Así que seguimos mirando para otro lado. Esta vez tampoco tocaba ocuparse de ellos. Aunque fueran los más vulnerables, los que más peligro corrían. Pero en nuestra huida hacia delante, como pollos sin cabeza, no podíamos pararnos a ocuparnos de ellos. Pero, entonces, alguien dijo, “han muerto más viejos en las residencias que fuera de ellas”. Sólo entonces, quisimos pararnos a pensar qué se esconde detrás de los muros de los asilos. Y nos empezamos a preguntar si no serán las residencias el verdadero virus. ¿Y si sólo eran jaulas de ancianos, cárceles de viejos, lugares donde esperar la muerte sin molestar? ¿Y si los asilos eran, sin más, antesalas de la muerte, puros morideros?

           Lo que había detrás de las muertes de los ancianos en las residencias no estaba a la vista. Tras las cortinas echadas, tras las persianas bajadas, tras los muros de las residencias, se desarrollaba el verdadero drama de miles de ancianos a los que se condenó a una muerte segura. Quizá sólo para que los demás pudiéramos seguir viviendo tranquilos.Con el virus, algunos descubrimos qué esconden las residencias. Esos lugares donde metemos a nuestros mayores y cuya imagen, enseguida lo descubrimos, nada tiene que ver con la edulcorada publicidad que te mostrarán en las vallas publicitarias, repletas de jóvenes atractivas y sonrientes cuidadoras y felices ancianos que las miran con arrobo.


Las residencias, entre el hogar y el aparcamiento

           Hay quien llama a las residencias, con un optimismo envidiable, hogares. Algo así como salones de baile a los que sólo acudieran octogenarios o nonagenarios, eso sí, polimedicados y casi siempre, dependientes. Sitios que sustituyen a las familias, dicen. Lugares en los que los ancianos están atendidos cuando sus familias ya no pueden hacerse cargo de ellos. O no quieren, que para el caso es igual. Otros, los llaman aparcamientos de ancianos. Una especie de guarderías en que los ancianos están recogidos. Poco más. Comen con la puntualidad digna de un buen reloj suizo, están medianamente aseados y no les faltan sus medicinas. Poco más.

             Pero, gracias al coronavirus, hemos sabido un poco más qué ocultan las residencias. Esos centros sociales que “cuidan pero no curan”, como les gusta decir a los empresarios que las dirigen, no están medicalizadas. ¿Nos hemos parado a pensar qué significa eso? Ni más ni menos, que hay un montón de ancianos internados en un sitio en el que no hay médicos, ni enfermeras. O los hay un rato, o solo hay un ATS, con suerte. “Ninguna Residencia en toda España tiene médicos de presencia 24 horas. Y, en las más pequeñas, por ley, no tienen que tener médicos ni enfermeras”. Dicho por la Sociedad de Xerontología gallega. Eso, en unos lugares donde, cada vez más, los residentes son muy mayores. Según datos del INE, la mayoría (más del 79%) tiene 80 años o más. Muy dependientes y muy medicados, además. Simplemente, no es obligatorio. No hay ninguna ley nacional que obligue a que haya personal sanitario en los asilos. Depende de lo que decide cada Comunidad Autónoma.

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             En cuanto al resto del personal, tampoco hay ninguna ley que obligue a tener una formación determinada para atender ancianos. No, para los empleados que bregan con ellos día a día. Para eso, se supone, no hace falta preparación. Por si fuera poco, cobran poco: la mayoría apenas llega a mileurista. La combinación es explosiva, sin duda: empleadas saturadas, mal pagadas y desempeñando un trabajo duro para el que, la mayoría, no están motivadas ni siquiera en el ámbito económico. Vocación, no, gracias.

          Aún hay más. Oirás hablar de que no se cumplen los ratios en la mayoría de las residencias y te preguntarás qué significa eso. Pues, en pocas palabras, que hay muy pocos empleados y muchos internos. Cuando hay 34 enfermos por cada auxiliar, o 1 enfermero a cargo de 343 ancianos y ni un solo médico, pasan cosas. Como que un empleado se encuentre un residente que lleva horas muerto en su habitación porque ha quedado atrapado entre los hierros de su cama y ha sido incapaz de salir. O uno que se ha arrojado por la ventana o aquel otro que se ha escapado, sin que nadie sepa cómo. Increíble o no, son noticias reales de los periódicos, en tiempos normales. Es decir, anteriores a la COVID19. Cualquier cosa puede suceder con pacientes cada vez mayores, medicados hasta las cejas y dependientes de ayuda para casi todo.Imagina, si eso sucede en tiempos normales, lo que no habrá pasado en tiempos de la COVID19.


Las residencias, en tiempo de coronavirus.

             Fue 2020 un año peculiar, distinto e inolvidable. Las calles, siempre bulliciosas y ruidosas, se volvieron vacías y silenciosas. Reunirse estaba prohibido o limitado, en la particular luchadesigual que manteníamos contra la enfermedad. Muchos negocios cerraron. Hubo gente que se quedó sin trabajo. Algunos vivían obsesionados por su salud. Y se preocupaban de lavarse las manos a todas horas y de no quitarse, jamás, la mascarilla que, por arte de birlibirloque, se había convertido en la cura mágica contra el coronavirus (quizá porque era la única que conocíamos, a falta de la mágica vacuna, aún por llegar). Fue una época en que una solidaridad extraña, sectaria, se apoderó de todos nosotros. Nos solidarizábamos con los hosteleros, que veían sus negocios venirse abajo. Con los autónomos, que perdían trabajo y dinero. Y, sobre todo, con los sanitarios.

            Entre medias, a casi todos, se nos olvidó lo más importante. Cuidar a los más vulnerables, a los que el virus podía hacer más daño. Quizá porque, para entonces, nuestra solidaridad se había gastado, agotada de salir al balcón sin ser escuchadaAsí que, al darnos cuenta de que los ancianos corrían peligro con el virus, no pensamos en su salud. Agotada nuestra solidaridad de salón, sólo pensamos en nosotros, en no ser contagiados, en un salvaje “sálvese quien pueda”, en el que, de nuevo, los ancianos se convirtieron en los grandes olvidados.

            En las residencias, el caos fue total. Sin paños calientes. Las instrucciones, cuando las había, eran diversas y caóticas. Aquí y allá, se dijo a los ancianos que estuvieran “quietecitos” en su habitación. Porque llegó un momento en que, a los ancianos de las residencias, no se les permitía salir y hasta se les prohibió recibir visitas. Y a las cuidadoras se les pedía que accedieran lo menos posible a la habitación de los internos, cada vez más solos. Quizá porque, por si fuera poco, en pandemia, se multiplicaron las bajas de las empleadas, que, asustadas, se dieron de baja sin tener ni siquiera síntomas.

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             Circulaba por ahí una orden del Ministerio de Sanidad (ese que debe velar por la salud de todos) que ordenaba que los ancianos permanecieran “en su habitación con buena ventilación, baño y la puerta cerrada”. A los mayores se los encerraba en una habitación. Con menos consideración a sus necesidades que a las de un perro al que, al menos, se le permitía pasear.

           En muchas residencias, se dejaron de atender las llamadas de los familiares. Había quien no sabía nada de sus mayores ingresados. Otros, hasta llegaron a recibir noticias falsas. Como aquella a la que le mandaron un wasap “informándole” que su madre estaba bien…cuando hacia días que estaba en casa con ella… Después, directamente, se les denegó la atención sanitaria. ¿Cómo? Se les limitó el acceso a las UVIS y al transporte sanitario y no se permitió que fueran derivados a los hospitales.

        Así que, en lugar de protegerlos, se los encerró. Fueron castigados, indiscriminadamente. ¿Su delito? Ser ancianos. En lugar de cuidarlos, se les vedó ir a los hospitales. Porque nadie quería colapsar los hospitales. (Qué racionales resultamos todos cuando no nos toca a nosotros ser desatendidos). Nos convertimos en pequeños dioses que decidimos quién vivía y quién no. A quién se atendía y a quién no.

       En Cataluña, enseguida, se empezó a hablar de “limitar esfuerzos terapéuticos en ancianos” Así llamaba, eufemísticamente, la Consejería de Salud de Cataluña a dejar morir a los viejos sin atenderlos. Después de todo, como ellos dicen, se trata de no ser “muy intensos terapéuticamente”. En Madrid, el Gobierno tampoco permitía que los ancianos de residencias fueran a los hospitales. Había órdenes de rechazar a los ancianos con síntomas de coronavirus. Así que a los viejos se les negó el derecho a la salud, directamente.

             Las residencias no son hospitales. Son, ya se sabe, centros sociales. En algunas comunidades, un médico, 1 hora al día” a tiempo parcial y como complemento a los servicios sanitarios públicos” es todo lo que hay. Así que, en tiempos de coronavirus, no llevar a los ancianos a los hospitales fue, sin más, condenarlos a una muerte segura, encerrados en la triste habitación del asilo. La Sociedad de Xerontología de Galicia avisa de que mantener casos de COVID en residencias “se va a estudiar en los libros de epidemiología como la mayor barbaridad del Siglo XXI”.  El resultado de semejante desatino lo han encontrado médicos, policías y bomberos al acudir a las residencias. Ancianos deshidratados y muriendo solos es la imagen que se llevan en sus retinas los de Médicos sin Fronteras.

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         Dicen los fríos números (fríos porque los números generalmente nos dicen bien poco) que en España hay 23.902 ancianos que han muerto en residencias con COVID-19 o síntomas compatibles. Que el 72% de los muertos oficiales en España eran ancianos que vivían en residencias. Y que a las residencias españolas les cabe el triste honor de estar a la cabeza de toda Europa en fallecidos en estos centros sociales, convertidos en morgues improvisadas. Son muchas muertes. Demasiadas. La Fiscalía ha abierto, al menos, 38 investigaciones contra varias residencias. El Defensor del Paciente habla, directamente, de “omisión de socorro”, de falta de protocolo y, sobre todo, de caos. Y usa la palabra genocidio para definir lo que ha sucedido en las residencias españolas. Muchas residencias no han derivado a los ancianos a los servicios de urgencias. Ni a las camas vacías de la Sanidad privada. Dicen los expertos, a toro pasado, como casi siempre, que ha habido imprudencia y trato degradante y hasta prevaricación.

           Lo cierto es que los mayores han sido discriminados por edad. Y eso, lo creas o no, hasta tiene un nombre: edadismo. Vivimos un tiempo en “que la madurez o la vejez parecen prohibidas”, como dice la cineasta Isabel Coixet. Una época en que apenas se disimula el alivio sabiendo que los que más mueren son los mayores. Una edad en que se les culpa del gasto que hacen, como si vivieran de prestado.

               Las noticias dirán que a los mayores les ha matado el virus. Pero no es verdad. Mucho antes que el virus, llegó la consideración de las residencias como un negocio y llegaron los fondos buitre a la gestión de la mayoría de ellas. Todo se ha confabulado en contra de nuestros mayores. Un mundo en que los ancianos, cada vez, cuentan menos. Unas residencias en manos de empresas y empresarios que sólo buscan el negocio. No hay que olvidar que las grandes empresas del sector en España son propietarios de fondos de inversión. Que sólo buscan la rentabilidad a corto plazo y abandonar el sector cuanto antes. Como dice Manuel Rico, director de investigación de Infolibre, “para ellos son lo mismo nuestros abuelos que una cadena de hamburguesas”. Las multinacionales y los fondos buitre controlan el 75% de las plazas en centros de la 3ª edad de lo que se ha revelado como un gran negocio. Y no está mal que sea un negocio. Lo malo es convertir a los ancianos en objetos desdeñables de ese negocio. Lo peor es que, para ganar un millón de euros al año, regatean en pañales, en higiene y, sobre todo, en personal. Cuando el único objetivo es hacer dinero, hay que ahorrar. En pañales (si puedes cambiárselo solo una vez al día, mejor que 2); en comida y en los sueldos de las empleadas. 

              No ha sido el COVID el que se ha cebado con los ancianos, no. Tampoco es culpa, sólo, de las residencias. Ni de los Gobiernos, empeñados en echarse la culpa los unos a los otros. Los ancianos, una vez más, han vuelto a ser los grandes olvidados, algo así como daños colaterales de la pandemia. Los hemos dejado abandonados en una corriente de desprecio por los viejos que recorre España, Europa, quizá el mundo entero. Todos les hemos fallado.


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2 Comentarios

1

La podrá responder la Hermandad de la Santa Caridad.

escrito por Sócrates 28/dic/20    22:59
2

Solo he leído cuatro líneas de su articulo, alguna me ha sobrado para darle la razón y la que me ha sobrado se la cambio por lo que aquí ocurrió cuando se cerró la Caridad, ¿a que no sabe cuantos residentes fallecieron en el mes siguiente a su cierre? Entonces no había Covid, había otra "cosa". Me la podrá responder?

escrito por PVC 28/dic/20    22:31

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