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El matacán; NAVAJA Y CUCHARA por Francisco Eslava

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NAVAJA Y CUCHARA

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Los tiempos evolucionan con tanta rapidez que no hay manera de adaptarse a tanto cambio por mucho interés que se ponga y esfuerzo que se haga. Y no lo digo por asunto concreto, sino en general, aunque en el ámbito tecnológico la cosa lleva tal velocidad que, la de la luz y la de los agujeros negros, parecen de cuento y no precisamente de hadas sino de números cuánticos y ecuaciones físicas que ni te cuento. Así que, al margen de números y ecuaciones proclives a echar mano al dolalgial (consulte a su médico), nos ceñimos a nuestro territorio próximo a la muralla -como viene siendo doctrina desde que existe el matacán de lectura- para confirmar que por aquí los cambios van a menor velocidad. El tiempo no se para, más bien se adormece por aquello de la idiosincrasia de nuestra comunidad; con lentitud y parsimonia, a caballo entre un galápago del Corbones y un wifi en el Albollón.


Como digo y escribo, he observado cambios tan profundos y en tan poco tiempo que casi somos unos desconocidos entre generaciones. Ejemplos pueden ponerse a raudales. Sin ir más lejos en el uso de aquellos objetos tan cotidianos, personales y, si me apuran, intimísimos, como fueron: la navaja y la cuchara. Sí, la navaja, con sus dos correspondientes cachas o con hendidura de madera; esa arma tan española y tan localista, sobre la que no era raro escuchar a diario aquello de: Saca la navaja y corta. Se cortaba el pan, el chorizo… y todo lo que se ponía por delante, sin ánimo de hacer daño, por supuesto. Era un cubierto salvaje, campero, compañero innato de la talega y a veces meritorio como protector de una integridad física amenazada. La decadencia de este afilado objeto se manifiesta de mil maneras, entre ellas la pérdida de aquel sonido aflautado que recorría el barrio y prologaba el pregón del afilaó: “Se afilan navajas, cuchillos… de to”. Por el contrario, otras navajas comestibles parecen que repuntan en bares y restaurantes servidas a la plancha. En Cádiz las llamábamos muergos y las usábamos como carná para pescar. Las vendían en la calle Plocia, calle tranviaria y tabaquera por excelencia. Ahora en el mismo paraje, plagado de veladores, los turistas se las comen por docenas: Roberto, no me como un muergo ni muerto.

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Por otro lado cercano, la cuchara particular e intransferible ha perdido créditos en uso. No era raro que determinado personal llevara la cuchara encima, por si se presentaba la ocasión de meterla en perol de guiso o arroz, muy frecuente entre peñas, hermandades y grupos sociales del cucharón y paso atrás. Si observan, lo del cucharón tenía su razón de ser, pues algún portador de cuchara la utilizaba con causa en modelo aumentativo. Era gente en su mayoría de gañote amplio en todos los sentidos. Recuerdo a un prenda -en paz descanse- cuyo cucharón era famoso en la caseta de feria porque en cada paso atrás se llevaba guiso para toda la familia. Era un caso… Aquello no era una cuchara, sino cazo. Para él no había nunca bolo (parada). Con lo que portaba en su cucharón disponía de tiempo suficiente para volver al perol con parsimonia mientras los demás comensales firmaban cuatro o cinco idas y venidas. En la otra mano, media telera de candeal acompañaba al utensilio de marras.



Creo que hemos pasado de un extremo a otro en costumbres, como en el uso de los cubiertos. Así, en ceremonias puntuales sacar la navaja sería hoy delito, aunque dispongamos de cuchillos en sus diversas versiones: para pan, pescado, postre, mantequilla, carne… Al final, como siempre –tras los efectos del néctar de Caná-- usamos el mismo para cortar de todo. Menos el tito Frasco que, una vez sonrojados los mofletes, saca su clásica de Albacete y deja el chuletón en el hueso. Tampoco hay que rasgarse las vestiduras, ni llamarle cateto, todo lo más costumbrista, porque aquí el que más y el que menos se olvida de los cubiertos y se come la pizza, la hamburguesa y las patatas fritas con las manos. Y si hay plato de langostinos tigres de Sanlúcar, afilamos las uñas sin necesidad de chiflo ni pregón y los rematamos con un chupetón en la cabeza sin vergüenza propia o ajena.


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