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Cartas al Director; ​EL AMBULATORIO DE CARMONA, LA VERGÜENZA DE LA COMARCA por Noelia Medina

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Cartas al Director; EL AMBULATORIO DE CARMONA, LA VERGÜENZA DE LA COMARCA por Noelia Medina


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No es algo nuevo que los carmonenses prefiramos pasar la gripe en casa sin indicaciones de un médico o directamente desplazarnos en coche hasta el hospital correspondiente y esperar allí un mínimo de cuatro horas —descontando los treinta minutos invertidos en llegar—, para que nos diagnostiquen cualquier cosa. No es nuevo ni admisible, pero igualmente nos conformamos. Tampoco es difícil conformarse cuando desde nuestro ambulatorio no pueden más que identificar un virus o sacarnos sangre. Al menos yo lo hacía desde hace un tiempo aquí, ya que mis quejas iban a parar a un saco roto. Y qué esperaba, si solo soltaba infamias de boca para afuera.


Pero lo que pasó  el pasado día ocho de octubre, me hizo poner punto, radicalizar.


Llego al ambulatorio de Carmona alrededor de las 19:00 H con mi pareja, que aunque había estado todo el día con mal cuerpo y mareos, la temperatura se mantenía correcta. De repente, sube a casi cuarenta grados, por lo que decidimos irnos con rapidez.


Me encuentro la sala de «Urgencias» hasta arriba, algo usual.


Tras esperar un buen rato mi turno, le indico a la señora del mostrador lo que me pasa y me deriva a la plata superior, sala cuatro, adonde me dirijo y espero pacientemente mi turno.


Como en todas las consultas, hay pacientes mejores y peores, muchos de ellos charlando animadamente o esperando su turno para recibir recetas, otros con malas caras o dolores. En una fila apartada de sillas, mi paciente, subiéndole la temperatura y mareado, apoyado en una columna para no caerse. Percatándome de que está empeorando, espero a que la puerta de la consulta se abra y amablemente le pregunto a la doctora si es posible suministrarle algún medicamento para la fiebre mientras esperamos. En ningún momento mi intención es pasar antes que nadie, pero igualmente ella me responde secamente: «No. Se tiene que esperar como todo el mundo a que lo veamos. Urgencias son todos».


Los demás pacientes comienzan a interesarse por la conversación cuando pregunto en voz alta si hay alguna urgencia más. Todos me responden que no, que van por cita y con una hora de retraso. Totalmente usual también.


De nuevo a la planta inferior, a la ventanilla de Urgencias, donde, tras esperar mi turno otra vez, le indico a la señora inicial lo que me pasa y le pido, ya no tan pacientemente, que me dé algo para bajarle la fiebre. Que no voy a estar esperando a que entren más de quince personas por delante si no se le baja la temperatura. Se ríe —supongo que para que todo el mundo la escuche— y me dice que será lo que diga el médico, no yo.


Comprueba el nombre del paciente y me suelta con sorna mientras telefonea a la doctora: «Perdona, pero es que no es un niño, tiene veintisiete años ya».


«Como si quiere tener ochenta. Que venga su hijo de veintisiete en este estado y usted espere horas mientras le recetan paracetamol a los demás, yo no. De toda la vida ha habido prioridades, y según tengo entendido, la fiebre, el dolor, los golpes, cortes… son algunas de ellas», le digo.


Con mala cara, autosuficiencia y una sonrisilla burlona, cuelga el teléfono, se pone de pie, y sale del despacho. La doctora le ha indicado que le den algo para bajarle la temperatura porque hay mucho que esperar. Así que de mala gana me indica que baje «el Niño», que sí le darán algo. Una vez está abajo, esta señora abre la puerta de Urgencias delante de todo el mundo y riéndose le dice al enfermero que trae la pastilla: «Mirad, aquí tenemos a el Niño». Todos se ríen. Yo mantengo la boca cerrada porque, el Niño, como la señora profesional lo llama, ha perdido todo el color de la cara y casi no se mantiene en pie de los mareos. En ese momento, lo más importante es que le bajen la fiebre, después ya veremos.

De paseo turístico por nuestras maravillosas pero vacías instalaciones, subo otra vez.


Espero. Espero. Espero.

Un paciente, otro, otro, otro…

Media hora… Una hora.


Cuando un señor va a pasar, me asomo a la puerta, enfadada, y le pregunto si verdad va a dejarlo para el último. Me dice que sí, que lo verá cuando le toque —nunca supe cuándo tocaba—, y que me acostumbre, porque a partir de ya, en Carmona quitan las Urgencias e irán intercalando como se pueda a los pacientes, sin prioridad.


Una mujer que está sentada con las doce personas que quedan delante, me pregunta si el chico que está apartado es quien viene así. Al responderle que sí, me dice que por supuesto puedo pasar antes que ella. Los demás de la sala se dirigen a mí y me dicen lo mismo. En cuanto la doctora abre la puerta y empieza a nombrar, todos se mantienen quietos y dicen que ceden su lugar.


Carmona está hecha un asco en muchos sentidos, pero por suerte cuenta con sus habitantes. Gracias, de nuevo, desde aquí.


Pasamos. La doctora está tirante por lo ocurrido, pero comienza a examinarlo —decir que muy pero que muy bien, cosa también poco común, dado que siempre van con retraso y despachando casi sin levantar la vista del ordenador—. Cuando ve el estado de la garganta se queda mirándolo con los ojos muy abiertos, sin creer que pueda estar tan mal en tan poco tiempo.


«Madre mía lo que tienes ahí. Con esa garganta y esa fiebre, tienes que estar ahora mismo reventado, como si te hubieran dado una paliza. No entiendo cómo puedes estar así en tan poco tiempo».


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Aparte de todo lo recetado, le dice que lo enviará con urgencia a que le inyecten un urbason antes de que se le cierre la garganta, pues la tiene muy mal y no tardará en cerrarse.


Me mantengo en silencio, pero me encantaría decirle que no, que todavía podemos esperar un par de horitas más si lo ven oportuno.

Terminando la consulta, le pido disculpas por mis formas y le pido que, igual que nosotros comprendemos su postura, que nos comprenda a nosotros. En mitad de esa conversación, la señora se da cuenta de que la doctora de mi pareja está pasando consulta. Ni siquiera sabe por qué lo han derivado a ella.


Ha sido cosa de la señora de los chistes, la de abajo. Que se pasa tanto tiempo riéndose de los enfermos que al parecer se le olvida su trabajo.

Llama a la señora profesional del mostrador y le indica el fallo, diciéndole que no pueden ocurrir esas cosas con lo saturado que está todo. Consigue que le den cita para su doctora porque considera que ella lo tiene que ver, y cuando llego allí me encuentro con más de quince personas gritando, enfadados, de pie y marchándose. Es la doctora que me pertenece ir a ver y en su puerta hay pacientes fuera de sí.


Al parecer, han pasado las ocho de la tarde —la jornada laboral de la médica— y ya no puede visitar a nadie más. Que se vayan abajo, a ver si hay servicios de urgencias.

Yo me quedo allí igualmente, y fuera de su horario, decide atenderme porque ve que es necesario. Cuando entro, está temblando, casi sin poder pulsar las teclas. Supongo que por los gritos recibidos.


«No hay derecho a esto. A trabajar horas de más gratuitamente mientras aguanto los gritos y los insultos de pacientes, en todo su derecho y comprensiblemente, enfadados».

La consulta acaba una sala de Urgencias colmada de pacientes enfadados formando una fila que sale por la puerta del edificio.


Yo, por mi parte, volví. Lo hice a las diez de la noche, cuando mi acompañante se puso mejor y pude irme sola. Esta vez no dejaría que mis quejas se quedaran en el filo de los labios. No lo haré nunca más, de hecho.


Puse una hoja de reclamaciones explicando lo ocurrido. Hoja que pongo en manifiesto aquí y que también rezará en el cuartel de la Guardia Civil. Ya sabemos que, con tanto estrés, pacientes y movimientos, se pierden los papeles. Y no queremos dar lugar.


Cuando salí de allí, tarde, muy tarde, todavía había gente que me había encontrado a las 19:00 H.


Ahora me encantaría saber eso de que nos quedamos sin atención médica de Urgencias y si esa carencia descontará lo que pagamos por la Seguridad Social, que no es poco.


Y desde aquí, animaros a todos a que hagáis lo mismo, a que las quejas no mueran cuando lo hacen los enfados. No nos merecemos este informalismo, esta carencia en una necesidad tan primaria como lo es la Sanidad y, mucho menos, que mientras tanto se rían en nuestra cara.


(Las Cartas al Director deben dirigirse al correo electrónico elgrifoinformacion@gmail.com poniendo en el asunto : Carta al Director. El remitente debe estar debidamente identificado para que la carta sea publicada, reservándose El Grifo Información la facultad de publicarla si considera que la identificación de la persona que la remite no es correcta o si el contenido de la misma es considerado ofensivo) 

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