Libertad de prensa
3 de mayo
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EL PRIMER CUADRO Y EL PRIMER AMOR por Manuela Bascón

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Apolo


EL PRIMER CUADRO Y EL PRIMER AMOR


Yo no recurría a mi creatividad para recibir el aplauso de los más cercanos. De hecho, prefería reservarme y no dar síntoma alguno de pintar, porque me cansaban los facilones comentarios halagadores seguidos de encargos insoportables: A ver cuando me pintas una Inmaculada… me pidió una vez el maestro de religión que me veía pintarrajear los márgenes de los cuadernos. O A ver cuando me pintas un retrato… me pedía cualquiera, menos el niño que me gustaba.


Hablando del niño que me gustaba. Entonces yo no sabía que iba a ser mi amor platónico durante algunos años. “Apolo” era la belleza hecha carne. Apolo… un amigo de mi hermano que brillaba con luz propia en mi propio firmamento. Un año menor que yo –a los doce, esa diferencia era importante. Él era mi inspiración. Moría por él y resucitaba al verlo. Pasaba de mí y eso me colocaba siempre en el ángulo perfecto para mirarlo sin ser vista. Estuve varios años pintando a escondidas sus manos, sus ojos, sus orejas, sus labios, su camiseta de baloncesto, su pelo liso... Lo hacía con la pretensión ancestral del hombre de Cromañón, para cazarlo al día siguiente, cosa que no ocurría, pero mi perseverancia era absoluta, ritual, desesperanzada ya y por tanto, libre. Ese gran dibujo a cera sobre tabla iba a parar cada tarde a un escondite perfecto. Detrás de un armario pesadísimo del viejo cuarto de pila donde nadie miraría jamás. Por eso mismo nadie vio después de algunos años la humedad que se ensañaba con él y lo convertía en presa exquisita para los hongos.


Un día, que acababa de sacar de detrás del armario mi obra secreta en vías de ejecución, Apolo me sorprendió en mi improvisado atelier, un habitáculo entre la foresta del patio, cerca del pozo. Un momento antes yo lo observaba por la ventana jugando con mi hermano a su juego predilecto por aquel entonces: con dos sillas y una manta fabricaban una tienda de campaña, a veces entraban allí mágicamente cinco o seis chicos sin que la manta se perturbase, hasta que mi madre iba a recolectar de pronto las pinzas de tender la ropa. Pero me distraje degustando un yogurt y mirando el dibujo, cuando oí el crujido de la puerta. Vi asomar un pie, después una rodilla. Era él y quedé muda del sobresalto. Pensé que habían cambiado de juego y solo buscaba un escondite y que por eso entraba. Pero no era así. Me estaba buscando a mí. Me quedé en silencio y al rato le dije un hola casi desganado, nada parecido al hola que le apetecía a mi jubiloso corazón -como buena fingidora. Me interpuse sobre el dibujo y lo cubrí con mi silueta aniñada todo lo que pude. Él se acercó y miró entre mis trenzas. Qué dibujas –me preguntó. Ojos –dije yo. Qué ojos más bonitos. Serán los tuyos –me dijo. Bueno –le dije, no son los míos, pero son míos. Sonrió con su sonrisa que me mareaba. Miró el vasito del yogurt y me pregunto: no vas a tomar más? Le dije que no. Se metió una cucharada en la boca. Saboreándolo. Lo vi todo en cámara lenta. Casi cerró los ojos como dos mares lejanos, separó sus labios como fresas salvajes y asomó su lengua como un torrente de lava ardiente, que abrasaba la cuchara repleta de yogourt con la que -unos minutos antes, yo también había llevado a mi boca el mismo alimento. Se aseguró de haberla dejado reluciente y la depositó en mi mano con el mismo gesto que Jesucristo entregó las llaves a San Pedro en el cuadro de Perugino. Mi hermano lo llamó. Se fue. Me quedé mirando la cuchara fijamente, buscando algún resto suyo, pero solo vi mi oronda cara, invertida. La acerqué a mi cachete y estaba calentita. Fue un episodio memorable en mi vida sentimental. Esa noche, una cuchara pasó a ocupar el lugar de mi muñeca belga y tuve un sueño que algunos años más tarde supe que se llamaba erótico. Lo escribí mucho tiempo después ya algo picardeado para presentarlo a un premio nacional de microrrelatos. Fui finalista. Lo transcribo por la gracia que tiene sin puntos ni comas. Es así, como un cuadro, como los sueños:

Apolo 2


…me derramé en la hamaca bajo el naranjo cuajadito de azahar para saborear sin prisas el apetitoso manjar sobre la yema de mi dedo mojado en el cristal de la miel que brillaba al sol que me acariciaba a través de la trama de hojitas de las que revoloteó una abeja cargadita de polen para descansar la sensualidad de su vuelo sobre el perfumado mástil de mi dedo y despegar después haciéndome cosquillas dulces con las briznas olvidadas en su resuello que dibujaron por un momento el recuerdo de la mirada del muchacho que aquella misma noche había bebido de mis labios con tanta pasión el jugoso vino del placer que después repartió cuidadosamente por el territorio secreto y palpitante de nuestros cuerpos…


( “A CONTRARRELOJ” I Premio Nacionel de MIcrorrelatos. Ed. Hipálage, Octubre de 2007)

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¿tiene el cuadro tantas pinceladas como palabras el texto? El amor es tan simple como una leve mirada complementada con una t seguida de una q.

escrito por PVC 08/may/18    23:50

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